En la pequeña habitación del monasterio de La Garde, a las diez de la noche, temblaba de frío y excitación. Acababa de huir desnuda del pueblo, perseguida como sorciera. El monje jardinero me había escondido. Ahora, frente al padre superior y once monjes en la sala del refectorio, me obligaron a mostrarme. Nervios me atenazaban. ¿Qué harían estos hombres de Dios conmigo? El superior, con ojos hambrientos, palpó mi rostro, pechos, caderas. Su dedo rozó mis labios húmedas. Bajó al pubis, se coló entre mis labios vaginales. Giró alrededor del clítoris. Dios, ardía. Introdujo el dedo en mi coño, luego en el ano. Gemí pese a mí. Estaba mojada, no virgen. Me dolían los pies de la carrera. Me llevó a una salita con ungüentos. Se arrodilló, untó mis plantas. Abrí las piernas adrede, mostrándole mi sexo hinchado. Su hábito se abultó. Pregunté por la erección. Dudó. Le masturbé bajo la tela. Sacó una verga gruesa. La chupé, tragué su semen caliente. Me dejó una manta y se fue. Pero el fuego no cesaba. Me toqué. La puerta se abrió. Cinco monjes cayeron amontonados, espiando. Rieron. Les invité. Se desnudaron torpemente. Ver sus pollas tiesas me excitó más. Nerviosa, ansiosa por lo prohibido.
Paul, el joven, entró primero en mi coño empapado. Se corrió rápido, inundándome. Otro lo siguió, suave al principio, luego salvaje. Clavó su polla, me pellizcó los pechos. Eyaculó profundo. Frustrada, el viejo se acercó. Su lengua lamió mi clítoris, dedos en mi interior. Otro se corrió en mi mano. Me puse a cuatro patas. El viejo embistió con su miembro enorme, lento, profundo. Otro en mi boca, follando mi garganta. Dedo en el culo. Exploto en orgasmo, grito ahogado. Él aceleró, me masturbó el clítoris. El de la boca se vació, semen espeso bajando por mi garganta. El viejo salió, corrió en mi espalda. Cloches sonaron. Pánico. Huyeron desnudos, vistiéndose a prisa fuera. Me dejaron sucia de semen, insatisfecha del todo, pero saciada de placer nuevo.
La Aproximación: Miedo y deseo ardiente
Quedé allí, cubierta de esperma seco, coño palpitante. Esa noche rompí barreras. Inocencia hecha trizas por manos monásticas. Malabares inexpertos, eyaculaciones prematuras, pero tensión exquisita. Cada roce torpe avivaba el fuego. Ya no era la misma. Horizontes abiertos a lo prohibido. Nervios convertidos en adicción. Sueño poblado de vergas crujiendo semen como flechas. Desperté transformada, ansiosa por más.