En los aposentos privados del palacio de Alejandría, la noche caía pesada como el Nilo en crecida. Tenía dieciocho años, quizás diecinueve. El aire olía a incienso y jazmín. Mi corazón latía desbocado. Apollodore, mi guardia siciliano, alto y musculoso, esperaba en las sombras. Lo había convocado. No por deber. Por un fuego que me consumía por dentro.
Mis manos sudaban. Caminaba descalza sobre las alfombras persas. Él estaba allí, de pie, con su túnica ceñida marcando cada músculo. Sus ojos oscuros me devoraban. Miedo. ¿Y si dolía? ¿Y si no gustaba? Pero el deseo ardía más fuerte. Me acerqué. Mi respiración entrecortada. ‘Mi reina’, murmuró con voz ronca. Extendí la mano. Tocó mi piel. Un escalofrío.
La aproximación temblorosa
Nos sentamos en el diván. Hablamos poco. Palabras torpes sobre lealtades, sobre el trono inestable de mi padre. Pero mis ojos bajaban a su pecho ancho. Él lo notó. Su mano rozó mi rodilla. Subió despacio. Temblaba yo. Temblaba él. ‘¿Es esto lo que deseas?’, preguntó. Asentí. El pulso en mis sienes. Beso tentativo. Sus labios ásperos, salados. Mi lengua exploró. Inexperta. Hambrienta.
Me recostó. Quitó mi vestido de lino fino. Quedé expuesta. Pechos erguidos, vientre plano. Él jadeaba. Se despojó de su ropa. Su polla erecta, gruesa, venosa. Primera vez vi una así. Grande. Pulsante. Miedo real ahora. ¿Entraría? Mis muslos se apretaron. Él besó mi cuello. Bajó a mis pezones. Mordisqueó suave. Gemí. Manos en su pelo.
Sus dedos bajaron. Rozaron mi monte de Venus. Húmeda ya. Deslizó uno dentro. Arqueé la espalda. Dolor leve. Placer nuevo. Otro dedo. Movía lento. Mi clítoris hinchado. Lo frotó. Grité bajito. ‘Relájate, mi reina’. Besó mi ombligo. Bajó más. Lengua en mi coño. Lamidas torpes al principio. Luego expertas. Chupaba. Introducía. Venía cerca. Paré su cabeza. ‘Ahora’.
El éxtasis y la huella eterna
Se posicionó. Polla contra mi entrada. Empujó suave. Dolor agudo. Virgen aún. Lágrimas. ‘Para’. Esperó. Besos en mi boca. Volvió. Despacio. Entró centímetro a centímetro. Llenándome. Estiré. Quemaba. Pero excitante. Malabares primerizos. Se movió. Ritmo nervioso. Sudor en su espalda. Mis uñas clavadas. Gemidos míos. Los suyos guturales.
Aceleró. Follaba más hondo. Mi coño se adaptaba. Placer crecía. Ondas desde el útero. ‘¡Sí!’. Cabalgué sus embestidas. Piernas enredadas. Besos salvajes. Olía a sexo, a nosotros. Climax mío primero. Explosión. Convulsiones. Él gruñó. Se corrió dentro. Calor líquido. Colapsó sobre mí. Pegajosos. Agotados.
Después, silencio. Su peso sobre mi pecho. Respiraciones calmándose. Miré el techo pintado de estrellas. Ya no era niña. Inocencia rota. Pero libre. Poder nuevo. Sabía lo que era el placer. Lo que podía dar. Lo que podía tomar. Apollodore besó mi hombro. ‘Mi reina eterna’. Sonreí. Aquella noche, en Alejandría, nació la mujer que seduciría a César. A Antonio. A la historia.