Estaba en el salón de Colette, el corazón latiéndome fuerte. Ella me tendió las dos esferas negras, unidas por un cordón. ‘Póntelas’, dijo con esa sonrisa que me derretía. Nervios en el estómago. ¿Cómo iban a caber esas bolas grandes en mi coño? Me quité la ropa interior, piernas temblando. El aire fresco rozaba mi humedad. Colette observaba, paciente. Intenté empujar la primera. Resbalaba. Mi excitación natural lubricaba, pero la torpeza me hacía sudar. ‘Déjame ayudar’, murmuró, sus dedos guiando. Entró. Un peso extraño, lleno. Vibraba con cada movimiento. La segunda siguió, más fácil. El cordón colgaba como un tampón obsceno. Ella lo empujó dentro con un dedo juguetón. Gemí. Sensación nueva. Placer y miedo mezclados.
Caminé todo el día así. Escribiendo sus recuerdos, cada giro de pelvis era una descarga. Las bolas chocaban, rodaban en mi interior. Quería tocarme, pero no. Tensión subiendo. Bordes del orgasmo, una y otra vez. Sudor en la piel. Colette sonreía, sabiendo. Al atardecer, ‘Vamos a cenar’. Me puse el vestido, sin bragas. El coño chorreaba. Sentada en el sofá, mancha húmeda. Vergüenza dulce.
La espera tensa antes del placer
En el coche, asiento del pasajero. Colette arrancó. Curvas cerradas, carretera sinuosa. Cada viraje, las bolas bailaban. De un lado a otro. Golpes internos. Mi clítoris palpitaba. Manos en las rodillas, apretando. ‘Aguanta’, dijo riendo. Pero no podía. Gemidos escapaban. Cuerpo arqueado. Sudor frío. ‘Para, por favor’. Ella frenó en un camino forestal. Oscuridad. Árboles susurrando. ‘Bájate la falda y córrete’. Obedecí. Piernas abiertas, rodillas contra el salpicadero. Mano en el coño. Húmedo, hinchado. Dedos frotando clítoris. Otra mano en los pechos, pellizcando pezones. Rápido. Fuerte. Tensión explotando.
El clímax brutal y la huella eterna
El primer contacto fue brutal. Dedos hundiéndose, bolas chocando. Coño apretando. Olas subiendo. Vientre contraído. Gritos ahogados. Salió todo. Chorros calientes. Salpicando el tablero, sus piernas. Cuerpo convulsionando. Cabeza echada atrás. Vacío y éxtasis. Duró segundos eternos. Luego, flojera total. Piernas temblando. Coño palpitando aún.
Colette miró la gota en su rodilla. Rió. Tocó, probó. ‘Delicioso’. Limpió mis muslos con un pañuelo. Inhaló mi esencia. Vergüenza ardiente. ¿Yo, squirtando como una puta? Primera vez. Inocencia rota. No más la Chantal ingenua. Ahora, volcan de erotismo. Bisexual, exhibicionista, masoquista latente. Colette lo despertó. En ese coche, crucé el umbral. Deseo de más. Dolor, sumisión, compartir orgasmos. Mi marido entendería lo de las mujeres, no esto. Secreto guardado. Pero regresaría. Por peines agudas, sin marcas. Esta noche, en el restaurante, bolas dentro. Con clientes alrededor. Tensión nueva. Camino abierto. Fin de la inocencia. Horizonte infinito.