Estaba frente a la puerta de su apartamento. El pulso me martilleaba en las sienes. Mañana de verano. Sudor en la nuca. Recordaba los flashes desde su ventana. Mi cuerpo desnudo en la piscina. Albert bromeando: ‘Si le hace feliz…’. Pero esto era distinto. Iba a cruzar la línea. Mano temblorosa en el timbre. ¿Y si me arrepiento? El deseo ardía abajo, entre las piernas. Húmeda ya. Inocencia de sexagenaria a punto de quebrarse.
La puerta se abrió. Fabien en su silla. Ojos grandes, sorprendidos. Me reconoció al instante. ‘Pasa’, murmuró. Entré. Aire cargado. Apartamento modesto. Fotos de motos en las paredes. Su accidente. Su soledad. Hablamos poco. Nervios en la garganta. ‘Quiero más’, solté. Desabroché la bata ligera. Nada debajo. Pechos pesados cayendo libres. Vientre redondo. Sexo depilado, hinchado de anticipación. Él tragó saliva. Manos quietas en los reposabrazos.
La aproximación: miedo y deseo entrelazados
Me acerqué. Piernas flojas. ‘Tócame’. Voz ronca. Su diestra subió lenta. Temblaba un poco. Maladroite al principio. Rozó mi cadera. Piel erizada. Dedos tibios. Subió al pecho. Pezón endurecido al instante. Lo pellizcó suave. Jadeé. Otro seno. Amasó la carne blanda. Yo erecta. Mirada fija en la suya. Excitación del prohibido. Invalido tocándome. Primera vez para los dos así.
Bajó. Vientre. Ombligo. Pubis. Dedos en mis labios mayores. Húmedos. Deslizó uno adentro. Calor. Fricción. Gemí. ‘Más’. Cuádriceps tensos. Abrí las piernas. Postura obscena ante su silla. Él hábil ahora. Dos dedos. Ritmo creciente. Clítoris con el pulgar. Círculos precisos. Sudor en mis axilas. Olor a mujer en celo. Corazón desbocado. Nervios como cables vivos. Imaginé sus pollas frustradas. Mi coño chorreando para él.
El instante: piel contra piel, el primer roce
Aceleró. Yo de pie, bamboleante. Manos en sus hombros. Firmeza en la silla. ‘Sí, así’. Palabras crudas saliendo solas. Dedos curvados. Tocando el punto. Explosión inminente. Piernas temblando. Grito ahogado. Orgasmo brutal. Fluidos bajando muslo. Colapsé un segundo. Él sonriendo. Manos brillantes de mí.
Retiró dedos. Quiso lamer. ‘No’, dije. ‘Eso es de Albert’. Besé su frente. Bata cerrada. Salí flotando. Piernas de gelatina. El mundo cambiado. Inocencia rota. Ahora sabía el vértigo de regalar placer visual y táctil a un extraño. Abrió puertas. Exhibirme no bastaba. Quería más. Albert esperándome. Le conté todo. Él duro al instante. Follando esa noche con furia renovada. Fabien nos vio después. Desde arriba. Pero esa primera caricia… eterna marca. Nervios dulces recordados. Cuerpos viejos, almas vivas. Aún tiemblo al pensarlo.