En el salón de nuestra casa, esa tarde de mediados de semana. Yo corregía copias, tranquila. Sonó el timbre. Abrí la puerta y allí estaba él, con una maletita en la mano, fingiendo ser un vendedor de lencería. ‘¿Madame, no ha olvidado nuestra cita?’, dijo con voz seria, pero sus ojos brillaban. Reí, como al teléfono días antes. Intentó irse, fingiendo decepción. ‘Es un trabajo duro’, murmuró. Entré en el juego. ‘Pase, veamos su colección’.
Se instaló en el sofá, abrió la maleta. Habló de culottes, sujetadores, bodies, guêpières. Todo sacado de mi cajón, más algunas sorpresas que había comprado. Me mostró un conjunto clásico, algodón suave. ‘Pruébeselo’, insistió. Fui a la habitación, me quité el pantalón y la blusa. Volví con mi kimono de seda chino, ceñido a la cintura. Me senté frente a él. Un faldón se abrió, dejando ver mi rodilla. Su mirada se clavó allí. Nervios me subieron por la piel.
La aproximación: nervios y deseo contenido
Propuso novedades. No me convencieron. Entonces sacó el conjunto sexy: tanga roja con rosa bordada, sujetador a juego, portaligas negro y rojo. ‘Pruébelo, dígame qué tal’. Me levanté, piernas temblando un poco. Al cruzarlas, vi cómo sus ojos seguían el movimiento. En la habitación, me desnudé despacio. El tanga apenas cubría. El portaligas se ajustaba a mis caderas. El sujetador realzaba mis pechos. Tarde en volver. Imaginaba su espera, excitado.
Regresé, kimono entreabierto. ‘No sé si me queda bien. Mi marido llega tarde’. ‘Puedo ayudarle, soy profesional’, dijo neutro. Abrí el kimono un poco. Vio los pezones asomando, el triángulo rojo, las tiras del portaligas bajando por mi vientre. ‘Quítese el kimono para ver el conjunto entero’, pidió. Dudé, como niña pillada. Dejé caer la seda al suelo. Desnuda salvo por esa lencería mínima. Me giré. La tira del tanga entre mis nalgas firmes. Sus pupilas se dilataron. Me acerqué. Su mano rozó mi muslo interior. Temblé.
El instante: contacto piel con piel
Me atrajo a sus rodillas. Beso tierno, luego urgente. Olvidamos el juego. Quitó el tanga, dejó el portaligas. Sus dedos en mis labios vaginales, sensibles. Gemí. En el sofá, como amantes primerizos. Besos por todo el cuerpo. Me tocaba, redescubría. Quería durar. Pero el salón era incómodo. Me llevó a la habitación. Nuca, portaligas colgando sin medias, invitando. Me penetró con pasión. Hicimos el amor toda la tarde, yo semidesnuda, él al fin libre.
Después, exhaustos en la cama. Sudor, olores mezclados. Aquella primera vez en un juego así rompió algo inocente en mí. Ya no era solo rutina. Abría horizontes de rol, de fingir lo prohibido. Le pedí que jurara: si un día llama un vendedor real, no lo reciba sola. Nunca se es demasiado prudente. Pero en el fondo, sonreí. Esa tarde cambió todo. Nervios convertidos en fuego eterno.