Angela se levantó furiosa y se dirigió a la ducha entre los olivos. Quedamos solos, Bettina y yo, en la playa desierta. El sol quemaba la arena. Mi corazón latía fuerte. Ella me miró con ojos azules hambrientos. ‘Balou, sabes que eres un amante excepcional’, susurró. Sentí un escalofrío. Nervios. ¿Qué hacía? Era mi suegra. 55 años. Pero su bikini era diminuto. Desabrochó la tela fina. Sus pechos cayeron pesados, firmes aún. Auréolas oscuras, pezones caramel erectos. ‘¿Todavía son hermosos, verdad, yerno mío?’ Tragué saliva. Mi polla se endureció al instante. Violenta. Dolorosa. Intenté mirar al horizonte. Imposible. Ella se acercó. Acostada a mi lado. Besó mi hombro. Sus dedos bajaron por mi espalda. Me paralicé. Como si me violaran la mente. Me giré. Sus tetas voluptuosas en mi cara. Mi boca se acercó sola. Su mano en mi nuca. Me atrajo. Chupé como un niño. Lactancia prohibida. Ella rio bajito, echó la cabeza atrás. ‘Sí, Balou, mámame, chúpame fuerte’. La empujé suave. Se tendió. Mi boca enloqueció. Mordí pezones. Lamí el surco. Bajé al vientre. Navel. Monte de Venus. Le quité el tanga. Mi cabeza entre sus muslos. Coño brillante. Labios gordos rojos. Clítoris tieso. Lamí. Ella gemía. Abría más las piernas. Metí un dedo. Dos. Tres. En ese pozo meloso. Gritó. Corrió al instante. ‘¡Tu mano entera! ¡Métela!’ Nunca había hecho eso. Asustado. Pero su coño me succionó. Dedos enteros adentro. Moví. Ella se retorcía. Oleadas de orgasmos. Minutos. ‘Para, por favor’. Saqué la mano. Lamí mis dedos. Pegajosos. Dulces. Ella jadeaba, piernas abiertas. ‘Eres fabuloso, Balou’. Me quité el slip. Mi verga apuntaba a ella. Me pajeé frente a su mirada. Se rio. ‘Vente en mi vientre, entre mis tetas’. Me subí a horcajadas. Sus manos apretaron sus pechos alrededor de mi polla. Follar tetas. Vasos y venidas. Glans violeta asomando. Sus bolas balanceándose. Miré sus ojos. El sol en nuestra piel sudada. Grité mudo. No alertar a Angela. Chorros calientes en su cuello, barbilla. Ella apretó más. Me soltó. Caí exhausto. ‘Tu leche es néctar’. Se arrodilló entre mis piernas. Lamía restos. Nueva erección. Me mamó voraz. Su moño rubio subiendo y bajando. Boca distendida. Aspiraba todo. Cerré ojos. Corrí suave, como adolescente. Primera vez así. Con ella. Mi suegra. Inocencia hecha trizas. Ahora sabía el sabor prohibido. El vicio de lo imposible. Nervios convertidos en adicción. La playa guardó nuestro secreto. Pero algo cambió para siempre. Su cuerpo maduro me abrió puertas. Miedo y éxtasis. Nunca igual. Repasaba cada roce torpe. Mi lengua inexperta en su coño ávido. La mano tragada. Mi semen en su piel. Su boca tragándome entero. Adolescente de nuevo. Pero hombre marcado. Horizonte lejano. Angela volvía pronto. Pero yo ya no era el mismo. El paraíso se tiñó de tabú. Y lo ansiaba más.

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