El raft flotaba quieto sobre el mar perezoso. Acababa de salvarla. Sandra yacía boca arriba, jadeando, el bikini empapado pegado a su piel. Tenía dieciséis, quizás diecisiete. Piernas largas, muslos redondos, caderas llenas. Pelo rojizo chorreando. Yo temblaba aún del esfuerzo. El sol quemaba. El silencio pesaba.
Me senté cerca. Demasiado cerca. Su pecho subía y bajaba. Pezones duros bajo la tela fina. Olía a sal y miedo. ‘No volverás allí’, dije. Ella abrió los ojos. Verdes, fieros. ‘¿Y qué?’. Su voz ronca. Nervios me atenazaban el estómago. Nunca había tocado a una chica así. Solo sueños torpes en la noche. Ella era enemiga. Peillon. Pero diferente. Limpia. Viva.
La aproximación: miedo y deseo en la espera
Se incorporó. Rodillas contra pecho. Me miró fijo. ‘Eres Paul. El hijo del Aventurier’. Asentí. El viento traía olor a pino. La playa lejana. Solos. Mi polla se endureció bajo el bañador. Vergüenza. Excitación. ¿Y si la rechazo? ¿Y si me muerde? Manos sudadas. Corazón galopando. Quería huir. Quería todo.
Ella estiró una pierna. Rozó mi muslo. Casual. Eléctrico. Tragué saliva. ‘No sé qué hacer’, murmuré. Primera vez admitiéndolo. Ella sonrió leve. Maliciosa. ‘Yo tampoco’. Mentira. Sus ojos decían más. Se acercó. Hombro contra hombro. Calor. Temblor. Espera eterna. Cada ola mecía el raft. Cada segundo tensaba el aire.
Sus dedos tocaron mi brazo. Lento. Prueba. Piel erizada. Yo la miré. Labios carnosos, entreabiertos. Deseo me ahogaba. Miedo a equivocarme. ¿La beso? ¿La empujo? Manos torpes. Dudé. Ella no. Cabeza inclinada. Boca cerca. Aliento caliente. Nervios explotando.
Nuestros labios chocaron. Maladroite. Dientes primero. Luego suave. Lengua tímida. Sabor a mar. Gemí bajito. Manos en su espalda. Húmeda. Suave. Bajé a sus nalgas. Firmes. La apreté. Ella se arqueó. Polla dura contra su vientre. Vergüenza ardiente. Pero no paré.
El instante y la huella: contacto brutal y adiós inocencia
Bikini arriba. Tetas pequeñas, perfectas. Pezones rosados. Los chupé. Torpe. Dientes raspando. Ella jadeó. ‘Sí’. Manos en mi bañador. Tiró abajo. Polla libre. Dura como nunca. Primera vez vista. Roja, palpitante. Ella la tocó. Fría mano. Temblé. ‘¿Te gusta?’, susurró. Asentí. Muda.
La tumbé. Piernas abiertas. Coño depilado, húmedo. Brillaba. Dedos explorando. Calor. Mojado. Ella gimió. Entré un dedo. Apretado. Virgen quizás. Yo también. Polla en su entrada. Nervios peak. ‘Hazlo’, ordenó. Empujé. Lento. Dolor. Placer. Entré. Calor envolvente. Gemidos. Ritmo torpe. Sudor. Olas meciéndonos.
Follamos crudo. Animal. Raft crujiendo. Mar testigo. Ella clavó uñas. Yo embestí. Mal control. Venida rápida. Explosión. Semilla dentro. Colapsé sobre ella. Aliento entrecortado. Silencio roto solo por olas.
Después, vacío dulce. Inocencia rota. Ella acurrucada. ‘No volveré’. Yo supe: cambiado. Guerra con Peillon ahora real. Pero valía. Recuerdo tiembla aún. Primera vez. Nervios. Éxtasis. Fin de niño. Marca eterna.