Entré en su habitación. Un desastre total. Paredes cubiertas de pósters locos. Ropa por el suelo. Olía a hierba y sudor. Yann, el vecino rasta, me miró con esa calma suya. ‘Túmbate en la cama, te voy a hacer una mamada para empezar’. Nervios me subieron por la espalda. ¿Yo, así, con un desconocido? Acababa de contarle todo: mi posible cáncer, la ruptura con Pascal, el miedo a morir. Lágrimas secas aún en las mejillas. Pero el deseo ardía. Me quité la ropa torpemente. Piel erizada. Él se arrodilló entre mis piernas. Esperé, corazón latiendo fuerte. Miedo a lo nuevo, a rendirme. Excitación del tabú. Sus manos en mis muslos. Temblaba.
Su lengua tocó mi coño por primera vez. Suave, atenta. Lamía despacio. Nerviosa, arqueé la espalda. ‘¿Así dragas tú?’, bromeé para disimular. Él rio. ‘Si no quieres, paramos’. Pero no paré. Quería esto. Su boca en mi clítoris. Chupaba, mordisqueaba. Maladroite al principio, pero excitante. Dedos rozando mis pezones. Vibré entera. Como una arpa que toca. Tensión subiendo. Gimeé. Él no apresuraba. Eternos minutos. Mi primer orgasmo con él explotó. Grité. Cuerpo convulso. Él siguió besando. ‘Para, me matas’, supliqué. Pero reía por dentro. Nervios convertidos en fuego.
La aproximación: espera temblorosa y deseo prohibido
Le devolví el favor. Lo chupé con hambre. Voraz. Como perra en celo. Su polla dura en mi boca. Lo llevé al límite. Él arcó la espalda. ‘Para’. No paré. Le tragué el semen caliente. Salpicó mi cara. Lamí mis labios. Exhaustas, caímos. Dormí en sus brazos. Al amanecer, algo cambió. Desperté con ganas de vivir. De curarme. Esa noche rompió mi inocencia. Ya no era la Nora asustada, fatalista. El placer con un extraño abrió horizontes. Maladreza excitante, tensión física pura. Fin de una era. Inicio de deseo libre. Ahora, cada recuerdo me eriza la piel.