Estábamos en la habitación de la casa de campo de mis tíos. Murielle y yo, primas del mismo edad, compartiendo cama. El calor del verano pegaba la piel a las sábanas. Nos cambiábamos para la cena. Yo solo en bragas, pecho desnudo. Mis tetas enormes, siempre mi complejo. Pesadas, firmes, más grandes que las de cualquier chica en las revistas de papá.
Ella se paró. Me miró fijo. Sus ojos clavados en mis pechos. No era normal. Siempre nos vestíamos sin mirarnos mucho. Pudor adolescente. Pero ahora, su mirada quemaba.
La tensión en la habitación compartida
—¿Qué pasa? —pregunté, nerviosa. El corazón latiendo fuerte. Miedo y un cosquilleo raro en el estómago.
—Anaïs, tienes unas tetas magníficas —dijo seria.
Yo bufé. —Sí, horrorosas querrás decir.
Se acercó. Desnuda de cintura para arriba. Sus pechos planos, casi inexistentes. Aréolas grandes, solo un bulto leve. —Espera, en serio. Ojalá tuviera unas como las tuyas.
El aire se espesó. Mi pulso acelerado. ¿Qué iba a pasar? Quería cubrirme, pero no me moví. Silencio. Espera eterna. Nervios enredados con un calor bajando al vientre.
—¿Puedo acariciarlas? —preguntó bajito.
No respondí. Sorpresa. Ella tomó mi silencio por sí. Sus dedos rozaron primero. Suave. Temblorosos. Recorrió los contornos. Luego las empuñó. Pesadas. Firmes. No caían.
—Son tan pesadas y no se aflojan. Si mi novio las viera… Enloquecería. Le encantan las tetonas. Conmigo no tiene suerte.
El contacto que lo cambió todo
Me dejó tocar las suyas. Planas. Suaves. Mientras ella seguía amasando las mías. Malaxando. Placer inesperado. Pezones endureciéndose. Humedad entre piernas. Respiración entrecortada.
Nos llamaron a comer. Paramos. Pero el fuego quedó.
Esa noche, en la cama. Oscuridad. Susurros. —¿Puedo de nuevo?
Sí. Inmediato. Ansia. Sus manos expertas. Nerviosas. Maladroites al principio. Luego seguras. Pellizcaba pezones. Gemí bajito. Cuerpo ardiendo. Inocencia resquebrajándose.
Hablamos. Su novio. Anarquista. Su pecho plano. Pintor amigo la retrató con tetas enormes. Posó desnuda. Se quitó la camisola. Cuerpo lolita. Pubis lampiño. Se sentó, piernas abiertas. Mostró su coño. Dedos abriéndolo. Foto en mano. Se agachó desnuda. Vi su culo, labios entreabiertos.
Tensión brutal. Deseo prohibido. Miedo a lo desconocido. ¿Lesbiana? No. Pero el placer gritaba sí.
Días después, partí. Mamá caída. Alivio y vacío. Aquellas caricias me cambiaron. Mis tetas, no maldición. Poder. Hombres miraban. Me gustaba.
Pero esa primera vez… Nervios previos. Espera eterna. Tacto crudo. Pesadez en sus palmas. Pezones traidores. Humedad traidora. Inocencia rota. Horizontes abiertos. Ya no era la misma. El roce de Murielle grabado en piel. Para siempre.