Llegué a su apartamento esa tarde, radiante, lista para una follada rápida. Por fin un amante culto, que hablaba de libros en vez de motos. La semana antes habíamos llegado al nirvana, dijo. Busqué en internet: el grupo de Kurt Cobain. No entendí, pero sonó bien. Entré y lo pillé leyendo. Ni un beso. Me acerqué: ‘Las partículas elementales’ de Michel Houellebecq. Le pregunté si eran restos entre los dientes. Se rió. ‘Quítate la ropa’, ordenó, sin piropos a mi bolero y falda floral. Pensé que estaba ansioso por follar y volver al libro.
Me desnudé con gracia. Me subió a un taburete. Preparó un plástico debajo. Sacó del frigo: cerezas en mis orejas. Fresas, nada nuevo. Luego crema fresca en los pechos. Fría, erizada. Tarántula de una lata en y entre nalgas, con cuchillo plano. Salsa de limón tibia en el pubis. Mi mente gritaba: mi hermano lucha contra el hambre en el Tercer Mundo. Pero el calor en el coño y frío en tetas y culo me ponían al borde del orgasmo. Creí que acababa. Volvió con espaguetis calientes sobre mi cabeza. Ciega, pegajosa. Agregó más, no sé qué. Esperé, impaciente.
La Aproximación: Nervios y Deseo en el Taburete
Puso música. Llamó por teléfono. Se sirvió bebidas. Hacía vida normal. Yo goteaba en el taburete. Nervios. ¿Cuánto más? Fotos. ‘¡Basta!’, grité. ‘¡Merde alors! ¿Qué pretendes?’. Se rió, el listo. Siguió untando. Vertigo. Bajé temblando. Me vendó los ojos: ‘Para que no piquen’. Empezó a lamer. Lengua experta. Cerezas mordidas. Crema chupada de pezones. Tarántula en el culo, lengua punzante en el ano. Aspiró salsa del coño. Tetazas devoradas. Espera larga, placer intenso. Nirvana real. Cuerpo lamido como plato limpio. Imágenes fuertes. Miedo a correrme y derretirme. Placer indomable.
El Instante y la Huella: Del Éxtasis a la Traición
Drenada de jugos, piernas abiertas, gritando orgasmo como puta, quité la venda. Rodeada: cuatro desconocidos. Tres tíos viejos, feos, sucios. Una zorra. Mi gourmet fotografiaba. Ellos me habían lamido. Risas grasas, malvadas. Asco. ¿Por qué? ‘Preliminar amoroso’, dijo. Vecinos de rellano. Seguirían comiendo mientras follamos. ‘No’. ‘¿O prefieres que follen ellos mientras yo como?’. Cabrón culto. ‘Fóllame, al fin’. ¿Por qué ellos? ‘No se eligen vecinos’. Se bajó pantalón y calzoncillo. Camisa puesta. Me puso contra la mesa. Abrió muslos, ano con dedos. Me penetró brutal ante el cuarteto relamiéndose. Dos se pajeaban. El tercero manoseaba a la tía, repelido.
No me dejó lavarme. Me vestí cría en mi conjunto floral. Agarré el libro: ‘La destrucción progresiva de los valores morales en los sesenta, setenta, ochenta y noventa era lógica. Tras agotar jouissances sexuales, los liberados se volvían a crueldades mayores; Sade lo hizo siglos antes’. Inocencia rota. Primera vez así: untada, compartida, follada en humillación. Nervios dulces del taburete. Éxtasis ciego. Traición que abre abismos. Placer indomable, pero ¿a qué precio? Nostalgia nerviosa de esa tarde pegajosa.