Recuerdo esa sala oscura, húmeda, con olor a moho antiguo. La puerta abierta nos invitaba, pero el corazón me latía fuerte. Thyris y yo, marcados por la profecía, habíamos llegado hasta allí. El altar de piedra negra emergía en la penumbra, iluminado por antorchas titilantes. Sobre él, el objeto. Largo, cilíndrico, grueso en la base, con punta afilada como flecha suavizada. Volutas doradas en obsidiana, sobre base de marfil. Un olisbos. La estatua a imagen de Hédion. Su miembro erecto, solo 14 centímetros, normal, humano. Sacrilegio pensarlo. Nervios me invadían. Thyris lo miró, ojos dilatados. Extendió la mano. La detuve, aplastando su muñeca contra la piedra. Ella forcejeó, furiosa, voz irreconocible. ‘Déjame, lo necesito’. Su cuerpo se retorcía, indecente. La alejé, la até con mi cuerpo fuera de la sala. Sudorosos, jadeantes. Marcas en su piel, arañazos en la mía. ‘Me llama’, suplicó. Insistía. El muro vacío confirmaba: la profecía se escribía ahora. No sabíamos qué hacer. Pero su deseo crecía, incontrolable. Yo temía. Virgen ella, yo inexperto. El aire cargado de tensión. Miedo a los dioses, miedo a ella. Deseo latiendo bajo la piel. Regresé al altar. Ella me siguió. Tomé el olisbos antes que pudiera. ‘Siéntate’. Obedeció, temblando. Le quité la túnica. Piel pálida, sudorosa. ‘Ábrelas’. Se tendió, piernas abiertas. Mi pulso acelerado. El objeto frío en mi mano. Lo acerqué a su sexo. Rozó los pelos rubios. Ella gimió, caderas ondulando. Nervioso, lo deslicé por su vientre. Círculos en el ombligo. Su abdomen se contraía. Subí a los pechos. Tetillas duras, pechos firmes. Ella gemía más. Bajé. Sus dedos rozaron el olisbos. Lo dejé cerca de su boca. Lo chupó, manos masajeando. Apaciguada. Luego, lo saqué, húmedo. Bajé por su cuerpo hasta el sexo empapado. Deslizó fácil. Su virginidad cedió sin resistencia. Empujé suave, pero ella se agitaba loca. Sus caderas chocaban. De pronto, su mano en mi polla. Sensación nueva, electrizante. Me distraje. Ella se giró, cuñas apretando el olisbos dentro. Yo inclinado, vista perfecta: muslos blancos, coño rubio tragando la piedra. Ella me mamó, lengua experta. Yo respondí, lamiendo su clítoris hinchado. Presión, velocidad. Gritos suyos. Luego, su lengua en mi culo. Dedo húmedo jugando. ‘Dámelo’. Resistí. Pero cedí. Ella lo tomó, lo hundió en mi culo virgen. Tres embestidas. Eyaculé sobre sus tetas. Ella orgasmeó. Caímos exhaustos. Sueño nos venció. Desperté cambiado. Inocencia rota. El olisbos entre nosotros, profecía cumplida en carne. Miedo y gozo eterno. Ahora, al recordarlo, tiemblo aún. Esa primera vez, torpe, salvaje, nos abrió al mundo prohibido.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *