Era jueves por la noche, poco antes de las 20:00. El centro comercial bullía de gente. Me gustaba perderme en la multitud, anónimo. Miraba a las mujeres. Jóvenes, maduras. Sexys o no. Todas me ponían. La planturosa, para follar sin parar. La tímida con tetas enormes, para una mamada épica, mi leche chorreando sobre sus pechos lechosos.

Salí del ascensor. A la izquierda, un banco medio oculto por plantas falsas. Ahí estaba ella. Piernas cruzadas. Top ajustado, escote profundo sobre unas tetas descomunales. Maquillada como puta barata. Rubia teñida, melena larga. Unos 45 años, o más. Últimamente, las maduras me volvían loco. Y esta… era el nirvana. Una salope total. Sus ojos gritaban ‘bragueta’.

La aproximación: nervios y deseo en el banco

La miré. Nuestros ojos se cruzaron. Un segundo eterno. Seguí al kiosco por el periódico. Volví. Timidez mortal. Pero algo me empujó. Pasé, sonreí. Ella sonrió fugaz. Me paré, di la vuelta.

“Disculpe, no quiero molestar, pero es usted de una belleza rara. Vestida y maquillada de forma sensual”. Lo dije calmado, seguro. No era yo. Ella se rió, divertida. Yo tenía 30, ella el doble.

“Gracias, guapo. A mi edad, una hace lo que puede”. Maliciosa.

“La edad me da igual. Es preciosa”. Charlamos. Fumamos juntos en el banco. Yo devoraba su escote, su boca carnosa. Vendeuse en la boutique cercana. Se levantó por una clienta. “Pásate cuando quieras”. Se fue contoneando.

El lunes no paré de pajearme soñándola. Sus tetas, culo, boca. Diez minutos antes del cierre, entré. Ella sonrió: “¡Qué alegría verte!”. La besé en las mejillas, mano en hombro y cadera. Pegado. Ella respondió.

La miré: pantalón ceñido, tacones, top estrujando tetas. “Estás sublime. Tus formas… tus tetas son magníficas”. Nervioso, excitado. Ella rió: “Todo te gusta de mí”. Tocó mi hombro, pasó rozándome con tetas y caderas. “Cierro y fumamos atrás. ¿Tienes prisa?”

El instante: contacto brutal y éxtasis

“Nunca con Carole”. Bajó el rideau. Cigarrillo en labios: “¿Fuego?”. La flama iluminó sus ojos lujuriosos.

La besé salvaje. Apagué el cigarro. La empujé contra la pared. Mi polla dura contra sus muslos. Lengua en su boca, sabor a tabaco y pintalabios. Manos amasando tetas. Arranqué tirantes y sujetador. Tetas perfectas, firmes. Las acaricié, chupé pezones. Duros. La mordí suave, luego fuerte. Ella gemía bajito. Mano en su coño ardiente.

Bajó. Se arrodilló. Mordió labio. Bajé cremallera. Saqué polla tiesa, la apreté. Uñas en mi verga, huevos. “Está durísima”. Lengua en bolas, subiendo. Precum en su lengua. Hilo brillante.

Boca abierta. Polla dentro. Primero vacío, luego succión brutal. Labios apretados. Mirada golosa: “¿Te gusta?”. Agarré pelo, follé garganta. “Chúpamela, trágatela”. Saliva chorreando. Tetas envolviendo polla. Lengua en glande.

No aguanté. Me la pajé furioso. Ella masajeó huevos, tetas listas. “Voy a correrme”. Lengua fuera. “Dame tu leche”. Grité. Chorros en barbilla, labios, tetas. Ella lamió, untó semen, chupó dedo: “Caliente, rico”.

Jadeante, la acaricié el pelo. “Esta boca… hay que repetir”. Subió, besos tiernos. Pensé en follarla entera la próxima. Mi timidez muerta. Algo nuevo nacía. Adicto a su salopez. Esa noche, inocencia rota. Horizontes abiertos. Ya no era el mismo.

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