En el vestuario, el aire olía a madera vieja y perfume caro. Me senté en un sillón raído, el corazón martilleando. Esperaba a Frédéric para su cuarto concierto. La placa del segundo premio ardía en mi bolsillo, un recordatorio amargo. Jérémy, el coach, acababa de salir. ‘Todo listo’, dijo. Yo asentí, fingiendo calma. Pero dentro, bullía. La traición de Ebba, la bofetada de Frédéric. Todo roto.
Entonces, la puerta se abrió. Frédéric entró, radiante en su frac. Detrás, ella. Lina Alterrecht. Belleza deslumbrante. Cabello negro cayendo en ondas, ojos verdes afilados, labios rojos carnosos. Vestido ajustado rojo, escote profundo mostrando curvas perfectas. Mi estómago se revolvió. Celos punzantes. Pero algo más. Un calor traicionero entre las piernas. ‘Mon amour, te presento a Lina. Te reemplazará en tus tres conciertos. Para aliviarte’, dijo él, besándome la mejilla.
La espera cargada de tensión
Sonreí tensa. ‘Qué bien’. Lina me miró, sonrisa pícara. Frédéric charló nervioso, ajustando corbata. Sus manos rozaron las de ella al gesticular. Mi piel ardió. ¿Por qué me excitaba tanto? Prometí ayudar con sus notas. Él se fue al escenario, ovaciones lejanas. Quedamos solas. Silencio espeso. Lina se sentó cerca. Demasiado cerca. Su perfume invadió todo. Jazmín y pecado.
‘¿Estás bien?’, murmuró, voz ronca. Su rodilla tocó la mía. Electricidad. Tragué saliva. ‘Sí. Traición duele’. Ella rio suave. ‘Los hombres son idiotas. Tú brillas sola’. Sus ojos bajaron a mi escote. Mi vestido azul orageux se tensaba con la respiración acelerada. Nervios me traicionaban. Manos sudadas. ¿Qué hacía? Primera vez pensando en una mujer así. Inocencia resquebrajándose.
Se inclinó. ‘Déjame ayudarte a olvidar’. Labios a centímetros. Corazón desbocado. Huir o rendirme. Deseo ganó. Nuestros labios chocaron. Torpes al principio. Dientes chocando, risas nerviosas. Luego, hambre. Su lengua invadió mi boca, dulce, insistente. Gemí bajito. Manos en su nuca, tirando pelo. Ella bajó a mi cuello, mordisqueando. Piel erizada.
El instante crudo y la huella eterna
Sus dedos audaces. Deslizándose por mi muslo. Subiendo falda. ‘¿Primera vez?’, susurró. Asentí, ruborizada. ‘Sí. Contigo’. Rio. ‘Perfecto’. Tocó mi braguita, húmeda ya. ‘Tan mojada’. Empujé caderas. Maladroite, excitante. Quitó tela. Dedos en mi coño, resbaladizos. Entró uno, despacio. Jadeé. Sensación nueva, llena. Otro dedo. Bombeando. Pulgar en clítoris, círculos crueles.
Yo no me quedé atrás. Manos en sus tetas, firmes, pezones duros bajo seda. Los pellizqué. Ella gruñó. Bajé cremallera. Vestido cayó. Cuerpo desnudo, piel pálida, tatuaje sutil en cadera. La besé allí. Bajé más. Primer coño de cerca. Depilado, labios hinchados. Olía a deseo. Lamí tentative. Salado, adictivo. Lengua en clítoris, chupando. Ella tembló, manos en mi cabeza. ‘Más, Arina’.
Ritmo frenético. Dedos y lengua alternando. Ella corrió primero, gritito ahogado, jugos en mi cara. Me volteó. Cara entre mis muslos. Lengua experta, lamiendo pliegues. Dos dedos dentro, curvados. Toque G perfecto. Explosión. Orgasmo brutal, piernas temblando, uñas clavadas en sillón. Colapsamos, sudorosas, entrelazadas.
Después, silencio pesado. Realidad golpeó. Inocencia ida. Ya no era la misma. Frédéric en escenario, ajeno. Lina se vistió, beso final. ‘Llámame’. Salió. Me quedé sola, piernas flojas, sabor suyo en labios. Mundo cambiado. Dolor por Frédéric, pero libertad nueva. Horizontes abiertos. Nervios calmados en placer culpable. Aquella primera vez, en vestuario sucio, me hizo renacer.