En la cama de mi apartamento, en esa isla noruega perdida, el corazón me latía fuerte. Lily, mi asistente, ahora una versión diminuta de sí misma, yacía a mi lado. Medía ochenta centímetros, pero pesaba sesenta kilos. Su cabeza sobre mi hombro pesaba como la de cualquier mujer. Nervioso, virgen en todo esto. Nunca había tocado a una hembra así. Mi polla se endurecía sola, traicionándome. Ella lo notó. Sus pies fríos rozaron mis huevos. Temblé. El deseo ardía, mezclado con pánico. ¿Y si la lastimaba? ¿Y si esto era una locura?

Sus piernas se enredaron en mi verga tiesa. Frotaba despacio, con ternura felina. Yo jadeaba. ‘Lily, ¿qué haces?’, murmuré. Su voz, débil pero firme: ‘Llevo tiempo queriendo follarte. Ahora soy un monstruo, pero tu polla es enorme’. Mi mente giraba. Excitación pura. El未知 me paralizaba y encendía. Sus manitas pequeñas agarraron el glande. Lo pulió suave, como si fuera un tesoro. Mi cuerpo, inexperto, respondía con furia. Sudaba. El aire olía a café derramado y a su piel desnuda.

La Aproximación: Espera, Miedo y Deseo

Se atrevió más. Su pierna doblada sobre mi tronco, frotando. Sus pies calientes ahora masajeaban mis bolas. Gemí bajo. Ella se rio, juguetona. ‘No sueñes con penetrarme, me partirías’. En cambio, me cabalgó con sus caderas. Su coño rozó mi eje, húmedo y caliente. Yo, torpe, la miré. Sus tetas pequeñas pero firmes rebotaban. Agarré sus nalgas con cuidado. Pesadas, reales. Ella apretó mis huevos con sus pies. La tensión subía. Mi polla palpitaba, hinchada como nunca.

El Instante: Contacto Brutal y Descubrimiento

De pronto, sus brazos rodearon mi verga. La estrujó entre sus pechos. ¡Dios! Sensación brutal. Sus pezoncillos duros contra mi piel. Branló con furia, manitas expertas. Frotó su culo contra mí. Yo perdía el control. ‘¡Lily!’, grité. El clímax llegó como un tsunami. Chorros espesos de semen inundaron mi abdomen. Reservas vírgenes, abundantes. Ella se lanzó al charco. Se revolcó, se untó toda. ‘Mi fantasme’, dijo, lamiendo. Su cuerpo brillaba, pegajoso. Yo, exhausto, la aparté suave. ‘Me aplastas, pesas lo mismo’. Se acurrucó. Dormimos así, pegados.

Al día siguiente, el mundo cambió. Mi inocencia rota. Esa noche abrió puertas. Ya no era el savant aséxico. Tocarla, sentir su peso diminuto pero real, su hambre insaciable. Cada roce posterior era eco de esa primera vez. Nervios convertidos en adicción. Su coño en mi lengua, mis dedos en su raja. Pero nada como ese debut. Fin de la virginidad científica. Ahora, sabía el placer carnal. Y ella, mi musa reducida, me había iniciado.

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