Era un fin de semana cualquiera en casa de amigos. Mi mujer y yo, invitados por Corinne y su marido. Domingo por la mañana. Necesitaba el baño. Golpeé la puerta. Voz suave de ella: ‘Espera un minuto’. Silencio. Corazón acelerado. ¿Qué pasaba dentro? Imaginé su cuerpo desnudo. Primera vez que sentía ese cosquilleo prohibido. No era solo pis. Era algo más. ‘Pasa’, dijo al fin.
Entré despacio. El baño estrecho, vapor en el espejo. Corinne solo con una camiseta vieja, puesta a toda prisa. Mojada en manchas, pezones duros pinchando la tela fina. Olía a jabón y a ella. Pero lo que me dejó tieso: abajo. La braguita mal colocada. Una nalga completa al aire, redonda, pálida. ¿Descuidado? ¿Error? ¿Invitación? Nervios en el estómago. Sudor en las palmas. Mi polla empezó a moverse sola. Primera vez viendo eso tan cerca. Tan real. Mi matrimonio inocente temblaba.
La aproximación temblorosa
‘Qué bonito lo que veo’, solté. Voz ronca. Ella giró la cabeza, sonrisa pícara. Fingió sorpresa. ‘¿Me vas a ligar aquí?’. Reí nervioso. ‘No, no se hace’. ‘Pues pasa entonces’. El pasillo era un hueco mínimo. Lavabo a un lado. Para cruzar, tenía que pegarme a ella. Intenté. Rozamos. Su piel caliente contra mi pantalón. No se apartó. Al contrario. Golpe de cadera. Me bloqueó. Mi polla dura como piedra contra su nalga desnuda. Excitación pura. Desconocida. Primera vez sintiendo eso. Miedo y ganas revueltas.
‘Ves lo que podríamos hacer si no fuéramos serios’, murmuró. Ojos brillantes. ‘¿Y si no lo somos? Solo cinco minutos’. Dudó un segundo. ‘Vale, solo cinco’. Mano temblorosa en su nalga. Suave como seda. Primera caricia ajena. La apreté. Ella suspiró. Otra mano subió bajo la camiseta. Tetas pesadas, pezones erectos. Los pellizqué suave. Gimió bajito. Bajé la braguita. Hilos de humedad. Dedo en su coño. Caliente, empapado. Entró fácil. Ella jadeó. Se arqueó. Mi polla latía contra ella.
El clímax y la huella eterna
Se giró rápido. Camiseta arriba. Tetas enormes al aire. ‘Ven’, dijo. Me arrodillé instinto. Polla fuera, dura, venosa. Primera vez así. Ella la cogió. La metió entre sus tetas. Branlette española. Carne suave apretando. Subía y bajaba. Mojada de su saliva. Nervios locos. Gemí. Ella aceleró. Olor a sexo. Su coño goteaba en mi muslo. ‘Córrete’, susurró. Explosión. Leche caliente entre sus pechos. Primera vez rompiendo todo. Cinco minutos eternos.
Salí cambiado. Inocencia rota. Ahora sabía el sabor prohibido. Corinne y su marido nos invitan siempre. Mi mujer nota algo. No pregunta. Yo repaso esa mañana. El roce. El calor. La leche en sus tetas. Nueva yo. Adicto al riesgo. Esa primera vez abrió puertas. Nunca más el mismo.