Allí estaba, en ese banco del parque oscuro. Acababa de romper con Gaby. Su cuerpo menudo aún me quemaba la piel, pero ella quería más. Yo, solo placer. Caminé sin rumbo, el whisky me nublaba. La noche me llevó de nuevo a ese lugar de sombras, donde los hombres buscan lo prohibido.

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Apareció de repente. ‘¿Puedo sentarme?’. Asentí. Quarantón, buena pinta, chaqueta de cuero fina, BMW reluciente. Hablamos de rupturas. La suya, un mes atrás. La mía, esa misma noche. Sus ojos fijos en mí. Nervios. ¿Qué coño hacía allí? ‘No chupo, no follo, tengo la polla pequeña y mi novia me dejó’, solté para ahuyentarlo. No se movió. Río. Contó sus escarceos: un amigo en el insti, una mamada en un parking. Yo, evasivo. Pero su mano masajeaba su bragueta. Gruesa. Caliente. Mi palma la rozó. Dodue. Invité a su coche. Tragó saliva. ‘Tengo nervios, soy casi virgen en esto’.

La aproximación: nervios y deseo en la noche

El BMW rugió hacia la montaña. Vista de la ciudad abajo. Charla. Su mujer se aburrió, se fugó con un amigo. Dolor fresco. Preguntó por qué un tío como yo en el parque. ‘Quiero probar un hombre antes de otra tía. Quiero mamar polla’. Su verga me picaba la lengua. Bajé el asiento. Desabrochó. Polla gorda, venosa, capullo casi oculto. Cojones pesados. Mi mano los amasó. Labios susurraron: ‘Qué ganas de chupártela’. ‘No aguantaré’, gimió. Boca en su capullo. Lo destapé. Dulce. Frein sensible. Bajé saliva espesa. Hampe gruesa me llenó. Gemidos. Bombeé lento. Lengua en el glande. Sus bolas en mi palma. Siete minutos. ‘¡Me corro!’. No paré. Chorros calientes, espesos. Tragué todo. Su sabor macho me marcó.

El instante: contacto brutal y éxtasis

Cigarrillo fuera. Apoyados en el capot. Hablamos. ‘Tu leche es adictiva’. Se empalmó de nuevo. Lo mamé afuera, luna testigo. Dedos en mi culo. Elástico. Listo. Me bajé el pantalón. Desnudo en la noche. ‘¡Qué caliente eres!’. Saliva en mi ano. Me apoyé en el capot. Su glande baboso en mi entrada. Circular. Presión. Entró lento. Ancho. Me abrí. ‘¡Joder, qué apretado!’. Lo guie. Hasta las bolas. Placer distendido. Me calibró. Rodillas en capot. Bofetadas de huevos. ‘¡Fóllame fuerte!’. Aceleró. Gemí. Su verga me tocaba el alma. ‘¡Me corro!’. Plantado. Pulsó. Leche ardiente me inundó. Olas. Completud. Me limpié su polla. Gota final.

Bajamos. Su semen resbalaba en mí. Volvió a dármela. Tercera corrida en mi boca, ante un curioso. Números cambiados. Viernes, más. Esa noche, inocencia rota. Descubrí el vicio del hombre. Su polla, su leche, me cambiaron. Nervios convertidos en hambre eterna.

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