Entramos en el pequeño estudio de mi amigo. Era sábado, acabábamos de comer en ese troquet simpático. Nuestros rostros irradiaban amor. El vecino bajando las escaleras impidió que la cargara en brazos. Nos quedamos frente a frente. Intimidado. Ella también. Habíamos tocado nuestros cuerpos en la oscuridad de la ruina abandonada. Pero nunca nos habíamos visto desnudos del todo. Mi corazón latía fuerte. Sudor en las palmas. ¿Y si duele? ¿Y si no le gusta? Ella mordía su labio, ojos bajos. Quería esto desde hace años. Prometido tras el bachillerato. Ahora era real. Me acerqué. Lentamente le quité la blusa. Sus pechos altos, pequeños, perfectos. Se me erizó la piel. Ella temblaba. Desabroché su falda. Cayó al suelo. Solo bragas blancas. Mi polla ya dura, presionando el pantalón. Respiraba agitado. Ella me miró. ‘Serge…’, susurró. Nerviosa. Excitada. La llevé al lecho. La acosté suave. Sus pezones duros. Me desnudé rápido. Mi verga tiesa, apuntando. Ella cerró los ojos. No osa mirar. Me tumbé a su lado. Beso tímido primero. Luego ardiente. Lenguas enredadas. Nuestros cuerpos se frotaron. Piel contra piel. Calor subiendo. Manos torpes. Maladroites en la luz. Toqué sus tetas. Pezones sensibles. Gemí ella bajito. Bajé la mano. Entre sus piernas. Húmeda ya. Deslizó sus dedos por mi pecho. Abajo. Agarró mi polla. Primera vez viéndola. Temblaba su mano. La masturbé suave. Ella jadeaba. Nervios mezclados con fuego. Quería devorarla. Besé su cuello. Bajé a sus pechos. Chupé un pezón. Arqueó la espalda. Manos en mi pelo. Bajé más. Besé su vientre. Llegué al sexo. Húmedo, caliente. Lamí despacio. Sabía a ella. A deseo puro. Gemidos crecían. Ella me detuvo. ‘Ahora tú’. Me volteó. Boca en mi verga. Caliente, húmeda. Chupaba torpe, excitante. Lengua en el glande. Casi exploto. Paramos. Al límite. Sudorosos. Nerviosos. La puse debajo. Miré sus ojos. ‘¿Lista?’. Asintió. Tragó saliva. Agarró mi polla. La guió. Cabeza contra su entrada. Húmeda, apretada. Empujé lento. Resistió. Dolor en su cara. ‘Despacio’. Paré. Besé su boca. Empujé más. Entró. Virgen rota. Calor envolvente. Apretado increíble. Gemí fuerte. Ella ahogó un grito. Dolor y placer. Me moví suave. Dentro. Fuera. Ritmo lento. Sudor goteando. Manos entrelazadas. Ojos fijos. Nervios disipándose. Placer puro. Aceleré. Golpes más fuertes. Sus caderas subían. ‘Sí…’. Gemía. Clímax cerca. Ella primero. Temblores. Grito ahogado. Yo exploté. Semilla dentro. Colapsé sobre ella. Agotado. El mundo paró. Después, quietos. Piel pegada. Corazones locos. La miré. Sonrisa tímida. Lágrimas en sus ojos. Felicidad. Inocencia ida. Ahora hombres. Mujeres. Unidos para siempre. Besos suaves. Palabras mudas. Ese fin de semana nos amamos sin parar. Alternando abrazos y descanso. Rayaba de felicidad al volver. Pero algo cambió. Ya no éramos niños. El sexo nos abrió. Marcó mi alma. Aún hoy, lo siento. Nervios, torpeza, éxtasis. Nuestra primera vez. Eterna.