Estaba en el portal oscuro del barrio de las putas. La noche había caído como un velo pesado. Lo había visto rondar. Mi primer amor, el chico de la misa, con su traje gris y corbata azul marino. Timido en la facultad, pero aquí, entre luces rojas y tacones, parecía otro. Mi corazón latía fuerte. Miedo. ¿Qué hacía yo espiándolo? Pero el deseo ardía. Quería ser suya, aunque fuera así, sucia.
Lo seguí esa noche. Él entró con una bruna vulgar en el hotel. Yo me quedé fuera, temblando. El agua del lavoir lejano me hacía querer mear de nervios. Sabía que los chicos tienen necesidades. Hay que dejarles soltar la gorra. Nosotras, quedarnos frescas. Pero yo no podía. El sábado volví. Falda corta, escarpines rojos, maquillaje chorreando. La puta me echó. ‘Lárgate, este es mi sitio’. Luego llegó su Jules. Alto, rudo, con mirada de lobo.
La aproximación: miedo y deseo en la sombra
Me miró. ‘Vete a lo tuyo, zorra’, le dijo a ella. Me pagó un trago en el bar de al lado. Baratijas dulces. ‘Eres una chica decente’, dijo. No le creí. Fingí. Me barrió con promesas. ‘No para la acera, bonita’. Lo seguí al hotel. Escaleras crujientes, olor a humedad y semen viejo. Nervios en el estómago. Manos sudadas. ¿Y si duele? ¿Y si no gusta? Puerta cierra. Luz tenue de una bombilla.
Me besó torpe. Boca áspera, barba picando. Manos grandes bajo la falda. ‘¿Virgen?’, gruñó sorprendido cuando sus dedos rozaron mi coño seco. Asentí, ruborizada. Me tiró en la cama chirriante. Falda arriba, bragas abajo. Polla dura, venosa, apuntando. Nervios me atenazaban. ‘Relájate, chiquilla’. Empujó. Dolor agudo, como cuchillo. Grité bajito. Sangre tibia entre muslos. Él jadeaba, metiendo y sacando maldestro. Yo mordía la almohada, lágrimas calientes. Excitación mezclada con pánico. Mi coño ardiendo, estirándose por primera vez.
El instante y la huella: del dolor a la marca eterna
No duró mucho. Se corrió dentro, gruñendo. Salió flácida, chorreando. Me miró. ‘Buena carne fresca. Podría sacarte pasta’. Yo, aturdida, con el cuerpo pesado. Dolor punzante, pero un cosquilleo nuevo. Placer? No aún. Me limpió con un trapo sucio. ‘Volverás’. Y volví. Con él, el placer vino. Con otros que me vendía. Folladas rápidas, pagadas. Coño abierto, aprendiendo a gemir.
Luego, mi marido. El de la misa. Bodas en la iglesia, vestido blanco, sangre falsa en las sábanas. Follamos como conyuges puros. Pero ya no era fresca. Corrompida en ese portal, esa cama cutre. Cada roce trae el recuerdo. Nervios iniciales, dolor inicial, y la huella que no borra. Inocencia rota para siempre. Ahora, miro atrás con nostalgia nerviosa. Aquella primera vez me abrió al mundo sucio del deseo.