En la cocina de la granja, el aire olía a humo y a tierra húmeda. Astrid entró con el saco de yute, su rostro serio pero con un brillo en los ojos azules. Lo puso sobre la mesa. ‘Cuidado, Hans’, dijo. Desenrollé el trapo. Tabaco puro, apretado, olor fuerte que me golpeó el estómago. Levanté la cabeza, abrí los brazos en agradecimiento. Ella lo tomó como invitación. Se lanzó contra mí.

Mi corazón latía como un tambor de guerra. Dos meses de trabajos duros, miradas robadas, roces accidentales. Ella, alta, fuerte, viuda en potencia. Yo, prisionero, sucio, con el cuerpo marcado por el hambre y el frío. ¿Y si los soldados volvían? ¿Y si su marido regresaba? El miedo me apretaba el pecho, pero el deseo ardía abajo, en la ingle. Mi polla se endureció al instante contra su vientre. Sus tetas firmes contra mi pecho. Olía a sudor limpio, a mujer.

El Acercamiento: La espera, el miedo mezclado al deseo

Nos quedamos quietos un segundo eterno. Sus manos en mi espalda. Las mías dudando en sus caderas anchas. Nervios. Sudor frío en la nuca. ¿Era real? Ella alzó la cara. Labios carnosos, entreabiertos. La besé torpe, chupando saliva, lenguas chocando sin gracia. Gemí. Ella gimió. El mundo se redujo a eso: calor, aliento caliente, erección palpitante.

Sus manos bajaron. Me apretó el culo. Yo subí las mías, palpé sus nalgas redondas bajo la falda. Duras, separadas. ‘Astrid…’, murmuré. Ella me empujó al pasillo. Hacia la habitación de su padre. El santuario. Puerta cerrada. Nos desnudamos a tirones. Mi camisa voló. Su blusa, falda, enaguas. Quedó en bragas blancas, sujetador. La arranqué todo. Tetas redondas, pezones grandes, marrones. Mi polla saltó libre, tiesa, goteando.

Caímos en la cama. Piel contra piel. Su coño peludo rozó mi muslo. Húmedo. Caliente. La besé el cuello, mordí. Chupé tetas, succioné pezones duros como piedras. Ella jadeaba, arañándome la espalda. ‘Hans, mein Hans…’. Manos inexpertas. La mía bajó, metí dedos en su raja empapada. Mojada, resbaladiza. Ella agarró mi verga, la apretó fuerte. Dolor placer. Bombeaba torpe.

El Instante: El descubrimiento físico brutal, el primer contacto

No aguanté más. Me subí encima. Piernas abiertas. Apunté. Entré de un golpe. ¡Joder! Calor, apretado, succionando. Virgen en eso. Empujé mal, salí, volví a entrar. Ella gritó suave. Ritmo torpe, nervioso. Sudor goteando. Olor a sexo crudo. Sus caderas subían, pero yo iba rápido, egoísta. Sentí el orgasmo subir. ‘No dentro’, recordé. Salí a tiempo. Chorros blancos en su vello negro. Caí jadeando.

Fin de la inocencia. Me quedé ahí, vacío, feliz. Hombre al fin. Ella me miró, sonrisa triste. No había gozado. Pero yo sí. Corrí al pozo, agua helada en el cuerpo. Rugí de éxtasis. Volví. La vi desnuda, limpiándose el vientre. Piernas largas, culo alto, tetas erguidas. Me lancé de nuevo. Besos, lengüetazos. Olí su coño. Lamí, chupé. Descubrí su clítoris. Duro, como mini verga. Ella tembló. ‘Langsam…’. Aprendí.

La puse a cuatro. Culo abierto, coño goteando. Entré por detrás. Bestial. Golpes fuertes, nalgas temblando. Sudor, gruñidos. Ella pedía lento. No oí. Vine otra vez, fuera, semen en su espalda. Exhaustos. Pero el fuego acababa de empezar. Esa noche, mi mundo cambió. Guerra o no, la había poseído. Y ella a mí.

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