Caminaba rápido hacia ese pequeño hotel. Tenía cita con mi bella Émilie. El tren se retrasó. Un árbol bloqueaba la vía. El tiempo era atroz. Primera vez sin sol desde que nos veíamos. ¿Un signo? No quería pensarlo. Solo llegar a ella. Todo iba mal desde la mañana. Coche no arrancó. Apenas pillé el tren. Por la ventana, locuras: granero en llamas, torrente desbordado, caballos escapados al galope, un deshollinador perseguido por una panadera en ropa interior. Día rarísimo.

Llego al hotel. Esperaba que estuviera. Más de una hora tarde. Vidrio roto en la recepción. Tipo con sombrero puntiagudo arreglando el ascensor. Bizarrías sin fin. Allí estaba Émilie, en el bar. Más guapa que nunca. Botines de tacón, medias negras, falda de gamuza marrón, túnica beige con flecos. Pelo recogido, nuca fina expuesta. Esa nuca que adoraba besar. Me acerqué sigiloso. Brazos alrededor de su vientre. Beso suave en el cuello. ‘Hola, bella india…’, susurré. Su cuerpo tembló. Alivio puro. Temía que no viniera.

La aproximación tensa

Me senté a su lado. Tomé sus manos. Mirada intensa. Sonrió. Ojos brillantes, lágrimas de alegría. La besé tierno. Quería devorarle la boca, pero público. Control. Entonces, chico con bandeja tropieza en la alfombra. Ruido ensordecedor. ‘Día bizarre’, pensé. Frío en la espalda. Miedo. Desde que conocía a Émilie, todo fluía perfecto. Hoy, mundo enloquecido. Sus labios dulces me trajeron de vuelta. Tenía la llave. Nuestra habitación con problema de desagüe. Lógico. Nos dieron suite junior en el séptimo. Bebimos rápido. Salimos. Fuera, vendaval. Árboles doblados. Dos tíos peleando bajo lluvia por choque de autos. Émilie no los vio. Solo yo. Pánico. Esos eventos raros, invisibles para ella.

Hacia el ascensor. Ya funcionaba. Sombrero puntiagudo evaporado. Dentro, sorpresa. Techo negro, lámparas como estrellas. Ella lo notó. Alivio. Botón del séptimo faltaba. Solo hasta sexto. Ascensor arrancó solo. Nos miramos. Da igual. Solos al fin. Tomé su rostro. Beso profundo. Labios húmedos, suaves. Deseo brutal. Primer beso real desde la última vez. Fantaseábamos con ascensor eterno. Hoy pasaba. Dioses del sexo nos regalaban esto. Día no común.

El clímax y la huella eterna

Labios pegados. No preguntas. Profitar. Su cuerpo vibra. Conozco esos saltos. Manos bajo túnica, lumbares. Gime. Boca voraz. Ella arde. Tormenta viva. Actúo. Manos bajan. Bajo falda. Una en coño, otra en ano. Vaivenes dobles. Enloquece. Grita fuerte. Placer sube. Cabeza atrás, melena cayendo. Hermosa. Llega cero. No respira. Raleos. Explosión. Orgasmo inunda mis manos. Juiciosa, jadeos.

‘Te amo, Émilie. Tanto…’, murmuro. Ascensor sigue. Ella quiere revancha. Rodillas. Desabrocha cinturón. Pantalones ankles. Polla erguida, hinchada. Boca ansiosa. Calor total. Chupa, muerde, roza. Manos en huevos. Placer crece. ¿Resistir? No. Quiere mi goce. Grito. Eyaculo. Ella traga todo. Felicidad de día único.

Ascensor para. Puertas abren. Posición comprometedora. Panel dorado: ‘Bienvenidos al séptimo piso…’. Innocencia rota. Mundos abiertos. Nervios virgen hechos fuego eterno. Huella imborrable. Aquel éxtasis, primera vez real. Nervioso, torpe, perfecto.

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