Recuerdo esa primera vez con Angélique como si fuera ayer. En el gimnasio, después de la sesión. Sobre esa mesa de masaje, caliente y suave. Mi corazón latía fuerte. Ella, confiada en mí, su coach. Nervios en el estómago. Miedo mezclado con ganas locas. La llevo hasta allí. Manos temblorosas. La acuesto boca arriba. Sin esfuerzo, la elevo. Mis manos y las de un ayudante invisible, casi. Le quito la ropa despacio. Pies. Pantorrillas. Muslos. Vientre. Pechos. Axilas. Brazos. Cabello. Flota en el aire. Sin gravedad. Miedo en sus ojos. Placer naciente. Dedos fuertes recorren su piel. Fríos al principio. Luego calientes. Temblores. Pezones duros. Yo la miro. ‘No temas, amor. Es para ti’. Confía. Le vendo los ojos con seda. Mi boca cerca de la suya. No me ve. Me siente. Se lanza. Beso furioso. Aspira mi lengua. Cuerpo como campo minado. Cada toque, explosión. Sombras la rozan. Fríos. Magia del deseo. Bocas aparecen. Suaves. Calientes. Mordisquean tobillos. Rodillas. Nalgas. Orejas. Nuca. Cerca del coño. Soplo caliente. Vibra. Velu sutil. Hombres. Lo sabe. Sentidos afilados. Manos levantan pelo. Bocas en cuello. Brazos abiertos. Dos en pezones. Piernas separadas. Coño al aire. Palpita. Hambriento. Empuja cadera. Vulva abierta. Pide beso.

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