Estaba en esa pequeña habitación llena de cartones, el corazón latiéndome fuerte. Acababa de bajarme los pantalones por orden de Clara, la aprendiz de farmacia. Sus ojos verdes me miraban con firmeza mientras se ponía los guantes quirúrgicos. Me senté en la silla que trajo, el genou herido expuesto. Ella se arrodilló frente a mí, tan cerca que su aliento rozaba mi piel.
Todo empezó esa mañana de lunes. Sol radiante, viento suave, perfecto para la bici. Pero un idiota con auriculares me cortó el paso. Caí, rodillas sangrando. Juré, me recompuse, pedaleé los 10 km hasta casa. Ducha ardiente, dolor punzante. Noche en vela. Al día siguiente, el vendaje improvisado no aguantaba. Farmacia cercana, fila eterna de siete abuelos. Veinte minutos de impaciencia.
La Aproximación: Tensión en la Espera
La farmacéutica bruna, cuarentona, me atendió rápido. Pidió pansements, compresas. Parecí perdido. ‘¿Sabes hacer un vendaje?’, preguntó. Negué, avergonzado. ‘Ven atrás, te enseño’. Llamó a Clara. Salió de detrás de cajas: 1,65m, delgada, coleta estricta, 25 años, mirada esmeralda. ‘Sígueme’, dijo sonriendo.
En la habitación, quitó el vendaje viejo. ‘Está limpio, no complicará’. Se arrodilló más cerca. Su escote abierto me regaló una vista perfecta: pechos firmes, invitadores. No pude evitar mirar. Mi polla empezó a endurecerse bajo el bóxer. Intenté disimular, pero ella chasqueó los dedos. ‘¡Al genou, no a mis tetas! No necesitan vendaje’. Bajé la vista, rojo de vergüenza. ‘Perdón’, balbuceé.
Explicó los pasos, vendó rápido. Me levanté. Error: mi erección era obvia, tiesa contra la tela. Ella la miró, sonrió pícara. ‘¿Yo te pongo así?’. Excusa patética de cansancio. ‘No puedes irte así, es mi deber médico. ¡Siéntate!’. Dudé. Abrió su bata, desabotonó la blusa. Sus tetas al aire: pequeñas, perfectas, pezones duros. Me agarró los hombros, me sentó. Arrodillada de nuevo, cerró la puerta con llave. Bajó mi bóxer. Mi polla saltó libre, palpitante.
La Huella: El Sabor de la Culpa Dulce
‘Tú buen chico, mereces premio. Pero calla o lo lamentas’. Asentí, mano en su pelo. ‘¿Limpio? No quiero mierdas’. La tranquilicé. Salivó sobre mi glande, mano lubricando. Boca caliente envolviéndome. Lengua suave en la corona, lamiendo pre-semen. Manoseó mis huevos. Sabía lo que hacía. Ojos en los míos, gozando. Ritmo propio: succiones profundas, saliva goteando. No forcé, era maestra.
Soltó mi polla, tragó. ‘Cinco minutos o te acabas fuera’. Sonreí, guié su cabeza. Glup-glup, mezcla de fluidos. Orgasmo cerca. ‘Viene…’. Sacó, lengua fuera. Jets calientes: dos, tres, cuatro. Me masturbó hasta la última gota. Jugó con mi leche en la boca. Se levantó, labios en los míos. Beso abierto: mi semen y su saliva invadiendo mi lengua. Primera vez probando mi propia corrida. Dulce salada, prohibida.
‘Devuélveme, egoísta. Traga conmigo’. Nuevo beso. Mostró su lengua blanca, tragó. Yo igual, desafiado. Limpió con pañuelo, lamió restos de su dedo. ‘Vístete. No imagines nada, soy aprendiz. Próxima vez, otro lado. Prueba correr, menos riesgo’. Beso final, sonrisa. Salí solo.
Frente a la farmacéutica, elogié a Clara. ‘Explica genial’. Sonrió orgullosa. Fila intacta. Su día largo, pero con placer extra. El mío: inocencia rota. Sabor persistente, nervios recordados. Nunca olvidaré esa habitación.