Llegué a casa después de una noche infernal. Me lancé sobre la cama. Agarré la almohada. Pateé el colchón con rabia. Lloré hasta quedarme seca. Había caminado kilómetros bajo la lluvia, tacones en mano, pantalón manchado, sujetador medio roto, pechos casi al aire. La hostess del guardarropa me miró con pena. Eso avivó las lágrimas. Ahora, empapada, huelo a rata mojada, sudor y tormenta.

Diez minutos después, la furia cede. Me quito el pantalón. Solo queda mi braga húmeda, empapada de lluvia y algo más. Me tumbo boca arriba. Miro el techo. Mi cabeza es un torbellino. Cécilia. Ese nombre retumba: C-E-C-I-L-I-A. No la conozco, pero la deseo como nunca. No a un hombre. No a una mujer. Solo un beso platónico en la adolescencia, que acabó en tragedia. Desde entonces, solo tíos. Pero ella, con sus piernas largas, culo prieto, tetas de chica, sonrisa irónica… Me revuelve todo.

La Aproximación

Salto de la cama. Me maquillo. Limpio el rímel corrido. Me peino. Admiro mis ojos verdes, nariz respingona, labios carnosos, melena rubio-chamizo natural. Agarro mis tetas perfectas –caras, pero mías–. Las aprieto. Pinos duros. Todo por hombres. ¡No por una tía! Pero el nombre de Cécilia baja mi mano a la braga. La acaricio. Reacciono al instante. Me bajo la braga. Subo a la silla. Me miro en el espejo. ¡Miro mi coño depilado! “¡Y esto, Cécilia, te gustaría!”

Llamo a Lou, mi jefe. Está disponible. Tres cuartos de hora después, entra. Me duché rápido. Shorty morado de tul, camisón transparente con lazos. Él, vaquero negro, camiseta, botas. Nos abrazamos sin palabras. “Estás más guapa esta noche”, miente. Su polla crece contra mi vientre. Mi clítoris tiembla. Imagino la lengua de Cécilia en un coño chorreante. Lou acaricia mi shorty. Lo detengo. Lo llevo a la cama. Quiero ternura.

Lo desvisto despacio. Botas. Camiseta. Beso su barriga peluda. Juego con sus pezones. Gime. Le bajo el pantalón. Agarro su verga. Casi se corre. Se quita el slip él. Ríe. Quiere desnudarme. “No”. Insiste. Me arranca el camisón. Brazos atrapados. Succiona mis tetas. Baja a mi clítoris. Casi exploto. Me suelto. “No aún”.

La Huella

Me deslizo. Lengua en su ombligo. Tetas contra sus huevos. Labios en su glande. Lo lamo. Lo chupo. Le pongo condón. Lo trago. Se corre rápido. Látex contra mi garganta.

Después, en brazos suyos, le cuento todo. Cécilia. Mi pánico bi. Él escucha. “¿Y?”. Toca mi shorty. Me excita. Le grito mis miedos. Mi pene, mi feminidad conquistada a golpes. Él: “Eres bi, como yo”. Me toca. Discutimos. Me llama trav. Enfurezco. Lloro. Me calma.

Hacemos el amor. Cuerpos sudados. Lenguas tango. Manos everywhere. “Fóllame”, suplico. Me penetra lento. Va-et-vient. Sus bolas contra las mías. Me frena al borde. Cinco veces. Luego acelera. Me corro. Él dentro. Sin condón. Olvidamos.

Risas. Baño. Bebidas. Me pregunta mis inicios. 14 septiembre 1989. Terminale. Larva a mariposa. Curiosidad malsana. Declic. Pero eso, Cilia, para ti. Esta noche, mi inocencia bi se quebró. Tu nombre abrió la puerta. Lou la cruzó primero. Nervios, torpeza, éxtasis. Ya nada igual.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *