Todo empezó en ese ascensor viejo, con su rejilla de hierro forjado. Yo, Brigitte Dubois, inspectora fiscal de treinta años, rígida en mi traje gris. Él, Jacques Bertier, cincuenta años, crin blanca, ojos azules de depredador. Me había mirado todo el día, devorándome con la vista mientras fingía escuchar mis balances. Nervios en el estómago. ¿Por qué mi corazón latía así? La cabina se paró de golpe, a dos metros del suelo. Alarmas sonando. Pánico puro. Grité su nombre. Bajó las escaleras riendo por dentro, lo supe después.

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Me arrodillé, intenté salir. ‘Si la cabeza pasa, el cuerpo pasa’, dijo. Desaté mi moño, pelo suelto enmarcando mi cara ansiosa. Le pasé mis zapatos de tacón. Luego las piernas, envueltas en nailon negro. La falda subió, revelando mis nalgas. ‘Quítate la ropa, será más fácil’, sugirió. Dudé. Pero el miedo ganó. Me desvestí en la cabina: falda, blusa, sujetador blanco. Quedé en collant y braguita de encaje. Él fotografiaba disimuladamente. Mi pulso acelerado, sudor frío. Emoción prohibida burbujeando.

La aproximación: espera, miedo y deseo

Metí las piernas por la chatière estrecha. Mis pies en sus hombros. La falda arriba, collant rasgado por una víspera malvada. ¡Dios! La braguita se enganchó, se hundió entre mis nalgas y labios. El elástico cedió, tela blanca colgando de mis muslos, coño expuesto, brillante. Temblaba sobre él. Olía mi excitación. ‘Casi, un esfuerzo más’, murmuró. Me quité el sujetador. Pechos libres, pezones duros rozando el metal. Salí jadeando, desnuda salvo jirones de nailon. Sus manos en mis nalgas al bajar. Lágrimas, pero calor entre piernas.

Me cubrió con su chaqueta. Subimos a su piso. Peignoir, whisky fuerte. Tosí, ardor en garganta. Otro vaso. Ducha caliente, agua lavando vergüenza y deseo. Salí envuelta, sonriendo tímida. Comimos omelette, vino. Reí recordando: ‘¿Hice exprés?’. Sus ojos, fuego. Me tendí en el sofá para curar rasguños. Peignoir abajo, espalda, nalgas al aire. Sus dedos con crema, aceite. Masaje lento: hombros, muslos, culo. Suspiros míos, gemidos. Cuerpo vibrando. Nervios y placer mezclados. Primera vez tocada así, maladroitement excitante.

El instante: contacto brutal y éxtasis

Se paró. Esperó. Giré la cara, ojos llameantes. Mano en su entrepierna. Polla dura bajo pantalón. La saqué, gruesa, venosa. Primera vez en mi boca: salada, pulsante. Chupé torpe, ansiosa. Él gimió. Me lamió el coño: labios gordos, clítoris hinchado. Lengua experta, yo arqueada. Luego, en el sofá. Me folló vaginal primero, posiciones salvajes. Jugos everywhere. De rodillas, culo alto. Su glande en mi ano virgen. ‘No…’, dije débil. Pero empujó. Dolor agudo, luego plenitud. Media polla dentro. Grité, squirt potente inundando coño y muslos. Primera vez anal, rompiendo todo.

Ahora, años después, rememoro esa noche. Inocencia ida. Visitas ‘de rutina’ después, redresos excitantes. Nervios iniciales, ahora adicción. Mi cuerpo marcado por él. Fin de la rigidez fiscal, inicio de pasiones prohibidas.

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