Esperaba en la plaza del reloj, viento helado azotando mi rostro. Siempre llegaba pronto, maldita costumbre. Enterraba la nariz en la bufanda, pelo suelto danzando salvaje. Nervios me carcomían. ¿Vendría? ¿Qué pasaría? Deseo y miedo se enredaban en mi vientre. Él apareció por detrás, voz ronca en mi oreja: ‘¿Esperas a alguien, bella doncella?’. Me giré lento, seria: ‘A un hombre que llega tarde’. Reímos. Su brazo en el mío. Caminamos. Entramos en ‘L’Ivresse des Anges’. Escalera empinada, bajamos. Sala privada, velours burdeos, luz tenue. Me quitó el abrigo. Dos sillones, vinos en la mesa. ‘Sorpresa para ti’, dijo. Castillo Laville, delicado. Margaux, robusto. Servía experto. Olí, probé. ‘Acércate’, ordené. Hundí nariz en su cuello. Tabaco, cedro. Igual que el vino. Él desató mi blusa con labios. Sin sujetador. Primera vez saliendo así, pechos libres. Se endurecieron bajo su mirada. Yo, piernas cruzadas, falda subida. Él, bulto evidente. Tension crecía. Bromas picantes. ‘¿Cambiamos el cuento? Yo devoro al lobo’. Él sirvió más. Me acerqué a su bragueta con dientes. Temblaba su mano con el vaso. Caí de rodillas en la mesa. Manos en sus hombros. Boca contra boca, brutal. ‘A mi casa’. ‘No, la mía, cerca’. Salimos corriendo, blusa abierta bajo abrigo.

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