En el pabellón de verano del jardín. La noche de 1793. Mi corazón latía como un tambor de guerra. Firmine, la pequeña Magloire, casi dieciocho años. Esperaba a Georges, mi inspector galante. Lo había minaudado durante un mes. Besos robados. Manos castas. Pero esa noche, todo cambiaría. Fantine me había empujado. ‘Abrele el camino a tu paraíso’, dijo. Nervios me trepaban por la piel. ¿Y si me rechazaba? ¿Y si su verga no me llenaba? El deseo me quemaba el sexo. Preparé velas. Aparté muebles. El aire olía a jazmín y a mi propia humedad. Lo vi llegar por la verja. Alto, fuerte. Lo arrastré al jardín. ‘Te presentaré a mis hermanas después’, susurré. ‘Después de… intercambiar fluidos’. Su cara de asombro. Me lancé. Le ceñí las caderas con mis muslos. Besos furiosos. Lenguas enredadas. Sudor en la nuca. Bajé al suelo. Lo empujé al divan. Plantada ante él. Bajé el escote. Mis pechos menudos. Pezones duros como guijarros. Le metí uno en la boca. Su mano en el otro. Chupaba con fiebre. Mordisqueaba. Gemí bajito. El placer me erizaba. Desabroché mi vestido por detrás. Lo dejé caer. Desnuda. Total. Mi monte rubio relucía. Labios hinchados. Mi concha palpitaba. Él se quitó la chaqueta. Yo, su cinturón. Pantalones abajo. Manoseé su polla tiesa a través del calzón. Dura. Gruesa. La besé. Mordí la flanelle. La tragué. Él jadeaba. Nunca había visto tal furor en mí. La tímida estudiante se evaporaba. Bajé el calzón. Su verga saltó libre. Roja. Venosa. La embocé. Lamí el glande. Chupé hasta la garganta. Saliva goteaba. Él gemía. Casi corre. Me puse de pie. Lo empujé de rodillas. Mi coño ante su cara. Rubio. Mojado. Emperlado. Él besó mis labios mayores. Suaves. Delicados. Lengua en la rendija. Buscó mi clítoris escondido. Lo succionó. Rayos de placer. Dos dedos dentro. Mi vagina ancha. Ondulada. Se contraía. Me follaba con ellos. Ritmo lento. Luego rápido. Mis caderas bailaban. El orgasmo subía. Me tensé. Grité. Cyprina caliente brotó. Me corrí fuerte. Temblores. Lágrimas. Él me miró. Orgulloso. Yo no estaba saciada. Me tumbé en el divan. Cuero ancho. Pies arriba. Abrí mi concha con dedos. ‘Ven, fóllame. Lléname de semen’. Dudó. ‘¿Segura?’. ‘¡Fóllame duro!’. Entró. Su verga llenó mi túnel. Caliente. Dura. Embestidas profundas. Mi vagina lo estrujaba. Como boa. Él aceleró. Sudor. Gemidos. Explotó. Chorros calientes. Uno. Dos. Seis. Me llevó al cielo otra vez. Juntos. Ondas de éxtasis. Después, acurrucados. Besos suaves. Cueros almidonados. Felicidad serena. Me vestí. Él abrochó mi vestido. Una nalgada juguetona. ‘¿Siempre desnuda debajo?’. Sonreí. ‘A veces’. Caminamos a la casa. Nervios nuevos. Ya no virgen de él. Mi inocencia rota. Horizontes abiertos. Sabía que lo amaba. Y él a mí. Pero las Magloire no nos casamos. Solo compartimos. Esa noche, descubrí mi poder. Sobre mi cuerpo. Sobre él. El placer de la primera vez total. Nerviosa. Excitante. Inolvidable.

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