El olor a papel viejo y cera para madera flotaba en el aire desde hacía casi media hora. Yo fingía consultar un volumen de historia del arte en la sección más apartada de la biblioteca municipal de Toledo. Mis dedos pasaban las páginas sin leerlas realmente. Mi atención estaba fija en ella, en la mujer que ordenaba los estantes de la sala contigua.
Se llamaba Lucía. Lo sabía porque su nombre aparecía en la plaquita prendida a su blusa blanca. Era morena, con el cabello recogido en un moño bajo que dejaba escapar algunos mechones rebeldes sobre su nuca. Llevaba una falda lápiz gris que se ajustaba a sus caderas con precisión casi cruel. Cada vez que se estiraba para colocar un libro en la balda superior, la tela se tensaba sobre sus muslos y revelaba la curva perfecta de sus nalgas.
Yo no necesitaba ningún libro. Solo necesitaba una excusa para permanecer allí, observándola. El sol de la tarde entraba oblicuo por las altas ventanas, dibujando rayas doradas sobre el suelo de baldosas hidráulicas. El silencio era absoluto, roto solamente por el crujido ocasional de la madera vieja y el roce suave de sus tacones bajos.
Lucía se agachó para recoger un tomo caído. Lo hizo lentamente, como si supiera que yo la miraba. La blusa se abrió ligeramente en el escote, dejando entrever el borde de un sujetador de encaje negro y la suave pendiente de sus pechos. Sentí un calor repentino subir por mi cuello. Mi respiración se volvió más pesada. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca.
Pasaron varios minutos. Ella siguió trabajando, consciente de mi presencia. De vez en cuando sus ojos oscuros se posaban en mí un segundo de más. No sonreía. Solo me observaba con una intensidad tranquila que me desarmaba. Decidí acercarme con el pretexto de pedir ayuda.
—Disculpe… —murmuré, con la voz más ronca de lo que pretendía.
Lucía se giró despacio. Tenía los labios ligeramente entreabiertos. Un leve aroma a vainilla y a algo cítrico llegó hasta mí.
—Dígame —respondió ella en voz baja, casi confidencial. Su tono era grave, como si estuviéramos compartiendo un secreto en medio de aquel templo de silencio.
—Busco un libro sobre… arquitectura mudéjar. No consigo localizarlo.
Mentira. Sabía perfectamente dónde estaba. Pero necesitaba oír su voz más cerca. Lucía inclinó ligeramente la cabeza, evaluándome. Sus ojos recorrieron mi rostro, bajaron un instante a mi camisa y volvieron a subir. Sentí que mi pulso se aceleraba.
—Sígame —dijo simplemente.
Caminé detrás de ella. El sonido de sus tacones sobre el suelo de madera era hipnótico. Observé el movimiento de sus caderas, el balanceo sutil de su falda. La tela se pegaba a su piel con cada paso. Imaginé cómo sería deslizar mis manos por esa curva, sentir el calor que emanaba de ella. El pensamiento me endureció de inmediato. Ajusté mi chaqueta para disimularlo.
Nos adentramos en un pasillo estrecho entre dos estanterías altas. El espacio era tan reducido que nuestros cuerpos casi se rozaban. Lucía se detuvo frente a una sección marcada con una pequeña etiqueta dorada. Se puso de puntillas para alcanzar un volumen grueso. Su blusa se levantó lo suficiente para mostrar un centímetro de piel morena en la parte baja de su espalda. Una fina cadena de oro brillaba allí.
—Este es el que busca —susurró, entregándomelo.
Nuestros dedos se tocaron. Fue solo un segundo, pero sentí una descarga eléctrica subir por mi brazo. El libro pesaba, pero yo apenas lo noté. Mis ojos estaban fijos en la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración. El escote de su blusa revelaba el nacimiento de sus senos, suaves y redondos. Quise hundir mi rostro allí, inhalar su olor, probar su piel.
—Gracias —conseguí articular.
Lucía no se apartó. Permaneció muy cerca, mirándome directamente a los ojos. El aire entre nosotros parecía espeso, cargado. Podía sentir su aliento cálido rozando mi barbilla. Mi erección era ya evidente bajo los pantalones. Intenté disimularlo cambiando de postura, pero ella bajó la mirada un instante y sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.
—Parece que le interesa mucho la arquitectura —comentó en voz aún más baja. Su tono tenía un matiz burlón, sensual.
—Más de lo que imaginaba —respondí, sosteniéndole la mirada.
El silencio se extendió. En algún lugar lejano se oyó el timbre de un teléfono, pero ninguno de los dos se movió. Lucía se humedeció los labios con la punta de la lengua. Ese gesto pequeño me hizo perder el control de mis pensamientos. Imaginé esa lengua recorriendo mi cuello, bajando por mi pecho, envolviendo mi miembro hinchado.
Di un paso más hacia ella. Nuestros cuerpos se tocaron. Sentí la suavidad de sus pechos contra mi torso. Su respiración se aceleró. Colocó una mano sobre mi brazo, como si quisiera apartarme, pero sus dedos se cerraron ligeramente, reteniendo.
—Aquí no —susurró, aunque su cuerpo decía lo contrario. Sus caderas se movieron imperceptiblemente contra las mías.
—Entonces ¿dónde? —pregunté, con la voz entrecortada.
Lucía miró hacia ambos lados del pasillo. La biblioteca estaba casi vacía a esa hora. Solo quedaba un anciano dormitando en la sala de lectura principal. Me tomó de la mano con decisión y me guió hacia el fondo. Había una puerta discreta que conducía al archivo reservado. Introdujo una llave que llevaba colgada al cuello y la abrió.
El cuarto era pequeño, iluminado solo por una bombilla amarilla que colgaba del techo. Las paredes estaban cubiertas de estanterías metálicas llenas de carpetas y libros antiguos. Olía a polvo y a papel envejecido, pero también a ella. Cerró la puerta tras nosotros con un clic suave.
Nos quedamos mirándonos un instante. El deseo era ya palpable, casi doloroso. Me acerqué y rocé su mejilla con el dorso de los dedos. Su piel estaba caliente. Lucía cerró los ojos un segundo y suspiró. Ese sonido fue suficiente para que perdiera cualquier resto de contención.
La besé. Sus labios eran suaves, cálidos, y respondieron con avidez. Mi lengua buscó la suya mientras mis manos descendían por su espalda hasta posarse en sus nalgas. Las apreté con fuerza, atrayéndola contra mi erección. Ella gimió suavemente contra mi boca. Sentí sus dedos desabotonando mi camisa con prisa contenida.
Deslicé una mano bajo su falda, subiendo por el interior de sus muslos. Su piel era sedosa. Llegué hasta el borde de sus bragas y descubrí que estaban húmedas. Lucía separó ligeramente las piernas, facilitándome el acceso. Mis dedos rozaron su sexo a través de la tela fina. Estaba empapada. Comencé a frotar suavemente, trazando círculos sobre su clítoris hinchado.
—Más despacio… —susurró contra mi cuello, mordiéndome ligeramente.
Obedecí. Quería saborear cada segundo. Bajé la cremallera de su falda y la dejé caer al suelo. Lucía quedó solo con la blusa y las bragas negras de encaje. Me arrodillé frente a ella y besé su vientre, bajando lentamente. Mi boca se posó sobre la tela húmeda. Aspiré su aroma íntimo, una mezcla embriagadora de excitación y vainilla. Ella enredó los dedos en mi cabello, presionando mi cabeza contra su sexo.
Retiré las bragas con lentitud, deslizándolas por sus piernas. Su coño estaba perfectamente depilado, los labios hinchados y brillantes de humedad. Pasé la lengua por toda su longitud, saboreándola. Lucía ahogó un gemido y abrió más las piernas. Mi lengua se concentró en su clítoris, lamiendo con movimientos firmes y lentos. Introduje un dedo en su interior, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de él.
Su respiración se volvió entrecortada. Sus caderas se movían contra mi boca, buscando más presión. Añadí un segundo dedo, curvándolos para tocar ese punto que la hizo temblar. Sus muslos se tensaron. Estaba cerca.
Me levanté y la besé de nuevo, compartiendo su propio sabor. Lucía desabrochó mis pantalones con manos temblorosas. Mi polla saltó libre, dura como el hierro, con una gota de líquido preseminal brillando en la punta. Ella la envolvió con su mano caliente y comenzó a masturbarme lentamente, extendiendo la humedad por todo el tronco.
La giré hacia una de las estanterías. Lucía se apoyó en ella, ofreciéndome su culo redondo y perfecto. Separé sus nalgas y froté mi glande contra su entrada empapada. Entré muy despacio, centímetro a centímetro, disfrutando de la sensación de su calor apretándome. Cuando estuve completamente dentro, me detuve, saboreando la presión.
Comencé a moverme. Primero con embestidas lentas y profundas, luego aumentando el ritmo gradualmente. Lucía empujaba hacia atrás, encontrándose con cada golpe. El sonido húmedo de nuestros sexos llenaba el pequeño cuarto. Mis manos se aferraron a sus caderas, clavando los dedos en su carne suave.
Aceleré. Sus gemidos se volvieron más agudos, aunque intentaba contenerlos. Sentí que sus paredes internas comenzaban a palpitar alrededor de mi polla. Estaba a punto. Deslicé una mano hacia delante y froté su clítoris con rapidez. Eso fue suficiente. Lucía se corrió con un largo gemido ahogado, contrayéndose violentamente alrededor de mí.
El orgasmo me arrastró a mí también. Me retiré justo a tiempo y derramé mi semen caliente sobre sus nalgas y su espalda baja, en gruesos chorros que resbalaban por su piel morena. Nos quedamos así un momento, jadeando, con los cuerpos temblorosos.
Lucía se giró lentamente. Tenía las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes. Recogió sus bragas del suelo y se las puso sin prisa. Se ajustó la falda y la blusa. Luego, con una sonrisa pequeña y secreta, abrió la puerta del archivo.
—El libro de arquitectura mudéjar está en el estante siete, tercera balda —dijo en voz perfectamente profesional, como si nada hubiera ocurrido.
Salió al pasillo sin mirar atrás. Yo me quedé allí unos segundos más, recomponiendo mi ropa, con su olor todavía impregnado en mi piel y el eco de sus gemidos resonando en mi cabeza.