En la plataforma trasera del Ponant, después del buceo, el sol subía calentando nuestros cuerpos cansados. Giulia yacía boca abajo, el pelo mojado goteando un hilito por su espalda. Lo seguí con los ojos, hipnotizado. Las gotas formaban charquitos en las hoyuelas de su cintura baja, luego se perdían entre sus nalgas redondas. Mi corazón latía fuerte. ¿Era esto real? Veinte años atrás, era mi hija adoptiva. Ahora, treinta años, divorciada, aquí, desnuda ante mí. Nervios me atenazaban. ¿Y si la rechazaba? ¿Y si era solo un sueño?
No pude resistir. Mis dedos rozaron esa línea húmeda desde la nuca. Su piel bronceada vibró. Bajé, franqueando el duvet fino, hasta las fossettes. Ella se estremeció. Continué al valle entre nalgas. La roseta se contrajo, tímida. ‘¡Pero señor!’, murmuró, juguetona. Mi dedo audaz descendió. Allí, el abricot dorado, mullido, apenas velado por vello suave. Lo toqué. Se abrió leve, mostrando carne nacarada, labios húmedos ya. Mi polla se endureció contra mi vientre. Miedo y excitación se mezclaban. ¿Era mi primera vez tocándola así, como mujer?
La Aproximación: Nervios y deseo en la popa
Ella se giró, piernas entreabiertas. El agua bajaba ahora entre pechos, ombligo, hasta el triángulo. La miré, perdido. Tomé un seno, apreté la base, subí al pezón tieso. Ella guió mi otra mano. Lengua en uno, luego otro. Fríos. Bajé, ombligo sensible, vientre abultado. Mi verga dolía, atrapada. Rozé el monte de Venus, soplé en el nido frisado. Gimió, levantó rodillas. Me arrodillé entre sus muslos. Labios en la carne tierna de ingles. Barba la cosquilleó. ‘¡Me haces cosquillas!’ Risa nerviosa. Lamí, olí su aroma embriagador. Ella empujó cadera. Quería más. Yo, retardaba. Tensión crecía, mal torpe, excitante.
El Instante: Contacto brutal y éxtasis
Subí, besé vientre, senos, garganta. Lenguas chocaron, dentadura. Sexos rozaron. Mi verga resbaló en sus labios calientes, lubricados. ‘Despacio’, pensé. Pero ella agarró mi polla dura, la metió en sí con un suspiro. ‘¡Fóllame fuerte, mi misionero barbudo!’ Reí, loco. Entré. Me absorbió, soltó, apretó. Piernas enroscadas. Embestí, bocas devorándose. Tensión al límite. Frené. Ella clavó uñas. ‘¡Ahora!’ Explosión. Semen brotó, ella contrajo, vibró. Olas de placer nos barrieron. Quedamos unidos, jadeantes.
Separados al fin, cuerpos brillantes en el crepúsculo. Agua fresca nos lavó. Brazadas silenciosas, beso salado. De vuelta, estrellas parpadeaban. Ella durmió en mi hombro. La cubrí. Esa primera vez había roto barreras. Inocencia de padre-hija evaporada. Ahora, amantes. Un nuevo horizonte abierto, marcado por su piel, su olor. Nervios iniciales, torpezas dulces, se volvieron adicción. La vida nunca igual.