Era un sábado lluvioso de septiembre de 2010, en el Bar del Mercado. La acompañé hasta la esquina. Maelisse caminaba con esa minifalda cortísima que apenas cubría sus muslos largos y finos. Maquillaje cargado, ojos afilados, labios rojos. Atrás quedaban los nervios de la tarde. Se probó diez conjuntos. Demasiado puta este, demasiado inocente aquel. Finalmente, esa falda. Veinte minutos en el baño, tensa como un cable. ‘Lo hago por ti’, me dijo. Con un placer perverso en someterse.
El tiempo se estiraba hasta las once y media. Yo deambulaba por París, solo. Ella entró cuando Max cerraba. El último cliente se iba. Él, musculoso, frimeur, le ofreció un trago. ‘Directo’, le advirtió ella. ‘Sabes por qué vengo’. Un SMS mío: ‘Estoy en su casa’. El corazón me latía fuerte. Espera. Dos horas y media después, otro SMS. La recogí en casa. Calmada. Silenciosa. Nos metimos en la cama sin palabras. Yo febril. Empecé a preguntar. Ella resistía. ‘No me pidas que cuente’. Pero cedió. La complicidad volvió. Necesitaba saberlo todo.
La aproximación: espera, miedo y deseo entrelazados
En su diminuto estudio, la sentó en la cama. Sin besos. Directo. La mano bajó por su vientre. Desabrochó la minifalda. Bajo el tanga, rozó la pelusa púbica. La rendija seca aún. Nerviosa. Ella tensa. Pero el impulso los tumbó. La desvistió rápido. Tocó su cuerpo desnudo, musculado. Ganó confianza. Agarró su polla tiesa. La acercó a la boca. Chupó. Él la folló. Salvaje a ratos. Posiciones que la pillaron desprevenida. Dedos en su coño, ahora húmedo, hinchado. La frotaba fuerte. Sabía que así la haría correrse. Le dolía un poco su vigor. Pero excitaba. ‘Tienes unas piernas de puta, un coño rico’, le gruñía. ‘Te follo hasta el fondo. Correte fuerte. Abre las piernas’. Ella respondía. ‘Sí, más. Me encanta’. Se abría a su polla que embestía hondo. Él aceleró. Explotó dentro con un rugido.
Me lo contó susurrando, desnudos en las sábanas. ‘Fue bueno. Me calmó al principio’. Admitió, tímida, que corrió varias veces. Yo la acariciaba. La penetré suave. Estaba caliente aún de sus embestidas. Se abandonó a mí. Orgullosa de vencer el miedo por complacerme. Yo la sentía mía más que nunca. Ternura y amor renacidos en esa voluptuosidad. La inocencia monogámica rota. Un fuego nuevo. Aquella noche en el estudio de Max abrió horizontes prohibidos. Nervios, maladrostas caricias iniciales, tensión subiendo al clímax. Todo crudo, real. inolvidable.