Quince días en silencio. Nos ignoramos. Ni un polvo. Miércoles por la noche. Nos acostamos cada uno por su lado. El corazón me late fuerte.
—¿Cariño?
La aproximación: espera y deseo nervioso
—Sí.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Te noto rara desde lo del club.
—Tú conseguiste lo que querías, ¿no? No me jodas.
Me quedo mudo. Ella había gozado como una loca. ¿Por qué ese cabreo?
—¿No te gustó?
—Sí.
—Pues…
—Pues sí, corrí como una puta. Pero me llamaste de todo. Y lo odio.
—Goaste, ¿no? Era un club. Nadie nos conocía.
Se echa a reír. No entiendo nada.
—No, idiota. Solo íbamos a tomar algo. Tú me emborrachaste.
—Estás loca.
—Y tú gilipollas.
Se lanza sobre mí. Me besa como una fiera. Baja por mi pecho peludo. Mordisquea mis pezones. Grito de dolor.
—Cállate, cabrón. Esta noche eres mío.
—Sí, amor.
Sigue bajando. Engulle mi polla. Nunca me había mamado así. Sube y baja. Me aspira. Me masajea las huevos. Le agarro el pelo. Le follo la boca.
—Joder, qué bien chupas. Siente mi polla en tu garganta. Ahhh…
Acelera. Voy a explotar.
—Para, voy a correr. Ahhh puta…
Explotó en su boca. Traga todo. Me besa. Sabe a semen.
Nos abrazamos. Por exceso de confianza:
—¿Volvemos al club?
—¿Eh?
—Sí.
—Buff…
—Fue bueno.
El instante: contacto brutal y placer prohibido
—Vale.
Apaga la luz. No duermo. ¿Cuándo? ¿Qué pasará? Quiero verla humillada. Follando como una perra. En falta de sexo, solo pienso en eso.
Jueves. Día libre. Desayuno, paseo, casa. Le compré un vestido negro escotado, rajado hasta las caderas. Tacones de 10 cm. Tanga transparente. Se afeita el coño, deja una tirita. Prueba la ropa. Le marca todo.
—Estás demasiado buena.
Risas nerviosas. Sin bragas. La pongo frente al espejo. Le manoseo las tetas. Tetas duras bajo la tela.
—Mírate. Te encanta.
—Síii…
—Chúpamela.
Se arrodilla. Saca mi polla. Me la traga. Dos minutos y corro en su boca. Se ríe victoriosa.
En coche, una hora. Mano en su muslo. Llegamos. Tensión. La dueña nos saluda. Vestuario. Bar. Ella sin toalla en las piernas. Hombres miran. Me pongo tieso.
Bailamos. Le meto mano. Dedo en el culo. Se pega a mí. Le toco el clítoris. Ella me acaricia la polla. Locura.
Un magrebí flaco la invita. Bailan pegados. Él le manosea el culo. Ella ríe. Labios rozan. Me quemo.
Me levanto.
—Ven, te quiero follar.
La arrastro al colchón. Le muerdo las tetas. Grita. Él nos sigue. Ignoro. La penetro. Él le toca una teta. Me mira. Le pela la otra. Ella gime. Sabe que no soy yo.
Él acerca su polla fina y larga a su boca. Ella abre. La chupa. Yo ralentizo. Le meto dedos en el coño. La masturbo.
—Joder, qué buena boca tiene tu puta.
Acento de barrio. Ella chupa más.
—Aspira mi polla, zorra.
La pongo a cuatro patas. Busca su polla. La mama. Él me habla:
—Mira cómo mama la tepu.
La follo fuerte. Le azoto el culo. Él tira de sus pezones.
—Desafórala, hazla gritar.
—Sí, más fuerte…
Le meto el pulgar en el culo. Explota. Él corre en su boca.
—Toma, pétasse.
Yo en su coño. Ella traga semen ajeno. Se va. Nos derrumbamos.
Ducha. Casa. Ella duerme. Yo flipado. ¿Cómo chupó a un desconocido? Salida puta. Quiero saber hasta dónde llega.
La inocencia rota. Ahora todo es posible.