Estaba en la cocina de mi casa, ese pabellón de soltero con césped descuidado. Habían pasado horas desde que la recogí en Charles de Gaulle con mi cartelito: «Aéria». Dos horas de espera eterna, corazón acelerado, polla dura bajo los pantalones pensando en el premio de la euro-sexlotería. Yo, un perdedor de casi cuarenta, solo con pornovídeos crudos. Y ahora ella, la rubia de treinta y tres, mi sexy-toy por un año. Nervios. ¿Sería una estafa? La vi llegar, ojos rojos, biche perdida. Bella. Temblorosa.
La llevé a casa en silencio. Le mostré todo: ollas, platos, el salón con DVDs porno mal escondidos. En la habitación, se quitó la camisa antes de que tocara su chaqueta. Pechos firmes, libres. Me paré. No era un juguete inanimado. Respiraba. Lloraba. La calmé, le puse la camisa. «Podemos esperar». La ducha, la cena simple: crudités, vino. Ella en bata azul, pelo mojado, pechos asomando. Hablé sin parar, graphista, mi curro. Ella sonreía, no entendía, pero el silencio pesaba.
La espera y la tensión
Lavó los platos. Se giró. Estábamos cerca. Demasiado. Abrí la bata. Sus labios encontraron los míos. O yo los suyos. Vi su coño bajo el vello oscuro. Hermosa. Me arrodillé. Besé sus pies, subí lento. Lengua en su raja húmeda. Sus manos en mi nuca. Gemidos reales. No era pro. ¿Qué escondía?
Me levanté. Saqué la polla. Dudó un segundo. Desnuda, de rodillas, me la chupó con furia. Mejor que cualquier puta de una noche. Me llevó al borde, paró, volvió. Placer en sus ojos. No solo deber. Su vida en esa mamada. La paré. Quería correrla dentro. Condón. «No condom». «Sí». La besé para callarla. De pie, polla contra coño. Entré. Abría fácil, caliente. Nos corrimos juntos. Verdadero. La llevé a la cama, desnudos, dormimos pegados.
El contacto brutal y el éxtasis
Desperté de noche. Cama vacía. Ruido. La encontré desnuda en el baño, sollozando en el suelo frío. Gelada. La abracé, la mecí. No sexo. Solo calor. La metí en cama, la cubrí. Se durmió. Yo en el sofá. Mañana, desayuno. Café, croissants. «Gracias, gentil». Beso en frente. La deseé otra vez. Manos en tetas. Se dio. Sabor fuerte en su coño. La puse a cuatro patas. Exploré. Polla en su culo apretado. Serrado. Gozada rápida. «Tu culo es demasiado bueno». Error. Hielo en sus ojos. Limpió mi polla sucia, ojos cerrados, reviviendo horrores.
La aparté. Besos. Sabor a semen y ella. Me fui al curro, preocupado. Esa primera vez no fue solo follar un juguete. Rompió algo en mí. Mi inocencia de perdedor solitario. Abrí horizontes. Dolor, ternura, deseo real. Ella no era mía por un contrato. Tenía alma. Hijo escondido. Vida rota. Pero en esa cocina, en ese primer roce torpe, nervioso, excitado por lo desconocido, nació algo. Fin de mi vacuidad. Comienzo de miedo y pasión.