Estábamos en el chai, solos. El padre de Martine me había arrastrado allí después de la cena. Olía a vino y a tierra húmeda. Su mirada torva me ponía nervioso. ‘Muéstrame lo que tienes entre las piernas’, soltó de golpe. Mi corazón latía fuerte. Sudaba. ¿Era una prueba? ¿O algo más? Me quedé paralizado. Él ya se había bajado los pantalones. Su polla gorda colgaba allí, pesada, venosa. Más grande que la mía, sin duda. Tragué saliva. El alcohol me nublaba la cabeza. Quería huir, pero mis ojos se clavaban en esa carne. Siempre había mirado a los hombres así, en secreto. Adolescente, tocábamos pipís en el baño. Ahora, esto. Nervios en el estómago. Excitación subiendo. ‘Venga, no seas tímido’, insistió, riendo. Mis manos temblaban al desabrochar el cinturón. Miedo a ridiculizarme. Deseo de mostrarme. De ser visto. Bajé el pantalón. Saqué mi polla flácida del slip. Pequeña al lado de la suya. Él soltó una carcajada. ‘Mejor pequeña y alerta que gorda y perezosa’. Me ardía la cara. Pero algo se movía en mí. Se endurecía.

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Se acercó. Su mano callosa agarró mi verga. Fuerte. Sin piedad. Empezó a pajearme. Arriba y abajo. Rápido. Yo gemí. No podía escapar. No quería. Su piel áspera contra la mía. Calor. Presión perfecta. Nunca una mano así. Miraba su polla quieta, colgando. Me excitaba más. ‘¡Mira que te pone la birrita del suegro!’, gruñó. Aceleró. Mi polla hinchada, roja. Pulso en las sienes. Piernas flojas. Primera vez que un hombre me tocaba así. Tan crudo. Tan real. El vino me soltaba. El taboo me tensaba. Sudor en la espalda. Respiración entrecortada. Sus dedos apretaban la base. Subían al glande. Sensación nueva. Brutal. Inesperada. Iba a explotar. ‘Te voy a hacer correrte’, dijo. Y lo hizo. Jets calientes salpicaron el barril. Grité bajito. Vacío. Temblando.

La aproximación: espera, miedo y deseo

Después, silencio. Él se limpió la mano en el pantalón. Guardó su polla como si nada. Yo, aún jadeando, metí la mía, pegajosa. Vergüenza. Euforia. Mi inocencia rota. Confirmado: me gustaban los hombres. No solo chicas. Esto abría puertas. Pensé en Martine arriba. En su pecho generoso. Pero ahora, esto me marcaba. El viejo me miró. ‘Al menos funciona’. Sonrisa sarcástica. Salimos amigos, borrachos. Él aprobaba el matrimonio. Pero yo sabía: algo había cambiado. Nervios residuales. Excitación latente. Al volver a casa, besé a Martine por primera vez. Sus labios suaves. Pero en mi mente, la mano del padre. La polla gorda. Primera vez real. Cruda. Mi bisexualidad al descubierto. No más secretos. Vida nueva. Dolce. Pero con ese picor eterno.

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