En la habitación polvorienta de la casa colonial, sobre los catres improvisados, la noche del trigésimo octavo día. Yo, Jérôme, steward de sesenta años, y Mai Line, la morena vietnamita-portuguesa de veintinueve, metidos hasta el cuello en esta isla perdida. El invierno aprieta fuera, pero dentro, el fuego de la chimenea lame las sombras. Ella se revuelve en su litera, a centímetros. Su camisola sube, deja ver un pecho pequeño, firme. Suspiros. Manos bajo la manta. Se toca. Lo sé por el ritmo de sus caderas. Mi polla duele en el calzoncillo. Meses de provocaciones: culos ondulantes, pechos rozando mi brazo, pajas secretas en el váter. Pero yo, con mis principios, resisto. Hasta esta noche. El deseo me quema. Miedo. ¿Y si la cago? ¿Y si ella me ve como un viejo sucio? Pero su gemido rompe el silencio. ‘¡Para tus tonterías!’ grito. Ella se congela. Lágrimas. ‘¿Por qué soy tan nula con los tíos?’ solloza. La abrazo. Su cabeza en mi hombro. Olor a sal, sudor, mujer. Mis manos en su pelo. Nuestros ojos se clavan. Sus labios tiemblan cerca. Beso en la mejilla. Otro en la boca. Lenguas torpes, como novatos. Danzan lentas, probando. Manos en nucas, hombros. Temblores. Corazones galopando. ‘Ven conmigo’, susurra. Me deslizo a su lado. Cuerpos pegados. Su piel suave, elástica. Pezones duros contra mi pecho. Mi verga aplastada en su pubis peludo. Arañazos suaves en mi espalda. Mi mano baja a sus nalgas. Redondas, firmes. Pausa. Saboreamos el roce. Nervios en el estómago. Sudor frío. Esto es real. No un sueño. Sus muslos se abren un poco. ‘Ven’, dice. Empujo. Su coño aprieta. Estrecho, húmedo. Dificultad. Ayuda con la mano. Entra despacio. Palmo a palmo. Gemido compartido. Nos miramos. Ojos vidriosos. Empiezo movimientos. Lentos, torpes. Ella empuja fuerte. Piernas enredadas. Dientes chocan. Lenguas enredadas. Acelero. Sudor. Gruñidos. Su coño palpita. ‘¡Sí! ¡Sí!’ grita en chino-portugués. Me corro dentro. Chorros calientes. Semanas de frustración. Ella no para. Sigo bombeando. Sus uñas en mi culo. Convulsiona. Grito ahogado. Colapso. Polla dentro, latiendo. Beso suave. Risa. Mi culo golpea el suelo. ‘¡Mira tu cara!’ se ríe ella, tetas temblando. La beso. ‘No me arrepiento’, digo. ‘Pero tengo miedo’. ‘¿De enamorarte?’ Silencio. Unimos catres. Se acurruca. Duerme. Yo no. Esta primera vez rompió algo. Mi inocencia de viejo solo. Su coraza. Ya no hay vuelta atrás. El deseo ganó. Mañana será distinto. Pero esta noche, fuimos uno. Nervioso, crudo, perfecto.

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