Estábamos en su habitación. Música suave de fondo, velas parpadeando en la mesita y el tocador. Yo, sudando ya, con mi pantalón de chándal azul nuevo del Monoprix, camiseta con manchas de kétchup oliendo raro. 1,70 m, 120 kg, gafas empañadas. Ella, Petit_Corazón, chemisier de seda roja, minifalda, medias. Gimnasta, bronceada, 95C-60-90. Perfecta. Mi corazón latía fuerte. Primera vez. Miedo y ganas revueltas. ¿Y si la cago? Pero su mano ya en mi entrepierna, masajeando la bulto que crecía. Tragué saliva. Sudor frío bajando por la espalda.
Le quité la camiseta. Manos temblando como hojas. Botones resbalando. Ella gemía bajito. Tiré del chemisier, despacio, pero rasgué la seda. ‘¡Ups! Lo siento’. ‘No pasa nada’, dijo, sin enfado. Su sujetador negro de encaje. Pechos subiendo y bajando, respiración agitada. Intenté desabrocharlo. Dedos torpes, enredados. ‘¿Tijeras?’, pregunté. Ella rió, tomó mi mano, la besó, y lo abrió ella. Cayó. Aire fresco en sus pezones duros. ¡Joder! Cómo lo hizo. Agarré el sujetador, estudiando la hebilla como un idiota.
La Aproximación: Temblores y Deseo Ciego
Lamí su pecho. ‘Guau, está fría’. Ella arqueó la espalda, dedos en mi pelo, mordisqueo en la oreja. Eternucé. Saliva y mocos por todas partes. ‘¡¿Qué?!’. Limpió con los jirones del chemisier. Yo, rojo de vergüenza, tiré la prenda húmeda. ‘Floc’ al suelo. Ella bajó mi pantalón, acarició mi polla tiesa. ¡Yoooouuu! Manos heladas. Grité como niña. Luego su minifalda y braga. Lengua mía explorando, entrando, saliendo. Pelo en la garganta. Tosí, ahogándome. Corrí a la cocina, buscando vaso. ‘Armario derecho del fregadero’. Agua. Mejor. Lavé el vaso, sequé, guardé. Oscuridad sin gafas. Perdido. ‘Última puerta izquierda’. Encontré.
El Instante y la Quema: Contacto Brutal y Caos Final
Ella arrancó mi pantalón. Cuerpos pegados, besos. ‘¡Ay! Mi cara contra las gafas’. Las quité, ciego. ‘Tómame’, suplicó, arqueada en la cama. ‘Espera, pis’. Tanteando al baño. Oscuro. Levanté tapa. Pipí. Busqué cadena. ¡Mierda! Era el cesto de ropa sucia. Mojado todo. Volví a gatas. ‘¡Sí, ven!’. Toqué su culo perfecto. Besé cuello. Intenté meterla. Pero… floja. Se me bajó. Flagada total. ‘No, espera’. Ella se vistió, incrédula. Tanteé mesa, tiré lacas, fotos, velas. Una cayó al cortina. ¡Fuego! Cortina ardiendo. ‘¡Vete a la mierda!’, desconectó. Moqueta en llamas. Oh, no…
Ahora, años después, revivo esa noche. Mi primera vez. Inocencia rota en píxeles. Nervios que ardían más que el fuego. Esa torpeza, excitante. Sudor, mocos, pis equivocado. Polla traidora. Todo crudo, real. Me abrió horizontes: el sexo es caos, no porno perfecto. Aún me excita recordarlo. El olor a quemado en mi memoria. Fin de la pureza digital. Nueva yo, marcada por el desastre sensual.