Era finales de la tarde en la oficina. Los empleados se habían marchado. Solo quedábamos Evelyne, mi contable, y yo. Ella, divorciada, morena de unos 40 años, gafas finas, ojos avellana, curvas generosas bajo su traje sastre. Siempre tan seria, reservada. O eso creía.
Avanzábamos en los dossiers. Mi bolígrafo rodó por el escritorio de madera y cayó sobre la moqueta. Me incliné para recogerlo. Bajo la mesa, un espectáculo. Sus muslos cruzados, falda subida. Medias finas, y cruzando la piel desnuda de su muslo, un liguero negro y rojo. Decruzó las piernas despacio. Vi el alto de sus muslos, el portaligas tenso, y un fugaz instante, la puntilla negra de una braguita minúscula.
La Aproximación: Tensión y deseo contenido
Me quedé mirando más de lo necesario. Corazón acelerado. Nervios. ¿Me había visto? Al levantarme, su sonrisa de reojo, cómplice.
—¿Te gustó? —preguntó, fingiendo inocencia.
—Euh… sí, Evelyne. Muy… interesante. Las medias con liguero me ponen a mil.
—¿Quieres decir que te la pone dura?
—Sí, me excitas de verdad.
—¿Quieres volver a ver?
—Claro.
—No hace falta que tires el boli esta vez.
Me agaché de nuevo. Ella levantó la pierna superior, descruzando lento. Observé su entrepierna. La franja ancha de las medias, ligueros cortando la piel. Ojos desorbitados en su braguita tensa sobre el pubis. Su mano en el muslo, uñas largas jugando con el liguero, rozando la puntilla del tanga.
Deslicé al suelo. A cuatro patas, avancé bajo el escritorio hacia su horquilla abierta. Mano en su rodilla, crujido de la media. Caricia suave por el muslo. Su uña roja rascaba la braguita, erótico. Fragancia de su entrepierna me volvía loco.
Subí. Labios en su muslo, sobre la media. Besos. Lamidas. Ella no paraba. Avancé. Boca en su monte, sobre la puntilla. Olí su aroma delicioso, su deseo. Giré la cabeza, besé piel desnuda arriba de las medias.
Ella apartó el tanga con un dedo. Coño bonito, labios depilados, húmedo, irresistible. Plaqué la boca. Labios golosos. Lengua abriendo la ostra. Clítoris duro, saliendo. Lamí. Chupé. Tragué su jugo.
—Oh sí, lame mi coño, qué rico…
—Mmmfff.
—Chris, me mojas toda, sigue, divino…
Gemía. Muslos abiertos. Falda subida. Pie en el escritorio, más expuesta, impúdica. Coño chorreante.
Vi cómo desabrochaba la blusa, tocaba tetas con una mano, la otra en mi cabeza.
—Sigue, me vas a hacer correr… síii.
—¿Puedo meterte dedos?
El Instante: Contacto crudo y explosivo
—Sí, mete…
Índice dentro, bombeando. Boca en su albaricoque, aspirando clítoris. Con el medio, raia del culo, roce en ano tembloroso. Boca pegada. Se crispó. Tembló. Largo gemido. Evelyne corría bajo mi lengua, dos dedos en su coño.
Se recompuso. Me levanté. Su mirada en mi bragueta abultada. Tenso a reventar. Ella ofrecida, muslos abiertos, ligueros al aire, tetas fuera del sujetador, pellizcándolas.
—Acércate, Chris. Mano en mi polla, apretando.
—Qué puta eres, Evelyne.
—Aún no has visto nada. Bajó cremallera, desabrochó cinturón.
—Muestra.
—Qué polla gorda. La quiero ya…
—Es tuya.
La sacó del slip. Lengua en el glande, mano en la verga. La tragó hasta la garganta. Lamidas, pajas, garganta profunda. Saliva brillante.
—Chupas de puta madre.
Aceleró. Iba a explotar, tan cachondo.
—Espera —se levantó, sentó en el escritorio, piernas abiertas—. Te molan las medias, ven…
Me acerqué entre sus muslos. Deslizó mi polla dentro de la media, bajo el liguero. Me pajeó así, masajeando huevos.
Peloteé tetas, lamí pezones duros. Polla deslizándose entre piel caliente y velo. Exploté. Corrida en su muslo, manchando media negra.
Ella jadeó, corrió suave. Ojos vidriosos, exprimiendo todo.
Me retiré. Leche blanca en su muslo.
—Chris, ha sido brutal.
Terminamos esa primera follada oral. Volvimos al trabajo. Luego confesó ganas de follar y culiar, pero sin condón. Sus palabras de ejecutiva puta me la pusieron dura otra vez. Esa noche, tocamientos: yo bajo su falda, ella en mi paquete. Fin de mi inocencia con ella. Nuevos horizontes abiertos.