Estaba sentada en ese banco junto a la escollera. El sol abrasador del litoral atlántico nos había empujado allí. Mi marido acababa de correrse en sus calzoncillos, jadeando. Yo temblaba. Mi coño chorreaba, empapando la braguita. El calor subía por mis muslos gruesos. Hacía meses que no me sentía tan viva.
La tarde era canicular. Me había puesto la camisa ligera, sin camiseta debajo. Solo el sujetador blanco de encaje. Mis tetas enormes, pesadas, se marcaban perfectas. Obuses maduros, listos para ser mirados. Mi marido me había animado. ‘En vacaciones, todo vale’, dijo. Caminamos de la mano. Sentí los ojos de los hombres clavados en mi pecho. Algunos no disimulaban. Miradas hambrientas. Mi falda larga rozaba mis nalgas gordas, mis piernas anchas. Me excité. El bulto de mi marido crecía. No podía esconderlo.
La aproximación: espera, miedo y deseo
Después de una hora, lo noté. ‘Hago efecto’, le dije con voz ronca. Él no aguantó. Me llevó al banco apartado. Me acarició por encima del pantalón. Le desabroché el sujetador sin quitármelo. Sus manos amasaban mis tetas. Yo le pajé la polla discretamente. Pequeños toques. Gimiendo bajito. Mi coño palpitaba. Vi a un tipo mirándonos. Se tocaba dentro del bolsillo. Mi marido se corrió al verlo. Salió corriendo al café a limpiarse.
Me quedé sola. Nervios. ¿Y si alguien venía? El deseo me quemaba. El tipo se acercó despacio. Manos en los bolsillos, astreándose. Se sentó a mi lado. No muy cerca. Pasó el brazo por el respaldo. No me tocaba aún. Sus ojos fijos en mis tetas. Hablaba del tiempo. Yo no respondía. El corazón me martilleaba. Miedo y ganas revueltas. Levanté un poco la falda. Sobre las rodillas. Abrí las piernas apenas. Lo miré. Él sonrió.
El instante: contacto brutal y descubrimiento
Su mano subió por mi falda. Lenta. Temblorosa. La primera vez que un extraño me tocaba. Dedos rozando mi braguita empapada. Gemí. Mi cadera se movió sola. Quería más. Saqué su polla de la braga izquierda. Enorme. Más gruesa que la de mi marido. Mi mano la apretó. Paja experta. Arriba abajo. Su dedo entró en mi coño. Frotaba el clítoris. Saqué una teta del sujetador. Pesada, colgando. El pezón hinchado, duro. Él jadeaba. Yo aceleré. Su polla tensa. Saltó. Chorros calientes en su slip. Me corrí en su mano. Silenciosa, brutal.
Oí pasos. Mi marido volvía. El tipo huyó. Me recompuse rápido. Escondí la teta. Bajé la falda. Él llegó. ‘Hablamos del tiempo’, mentí. Quería ir al hotel. Ya eran las cinco. En la habitación, me lancé sobre él. Le chupé la polla como loca. Mi coño abierto, goteando por las piernas. Él entró. Sentí lo grande que estaba ahora. Podía meter dos como él. Grité: ‘¡Quiero una más gorda!’. Sabía que la había probado ya. El desconocido me había marcado.
Ahora lo repaso. Aquel banco fue mi ruptura. La inocencia rota. El miedo dulce del primer toque ajeno. La polla extraña en mi mano. Mi coño abierto a lo nuevo. Ya no hay vuelta atrás. Pronto buscaré otra. Más gorda. Para empalarme. Ofrecer mis tetas, mi boca. Mi marido no sabe. Pero yo sí. Aquella tarde cambió todo. El deseo prohibido me consume. Nerviosa, excitada. Siempre lista para la próxima primera vez.