El aire era caliente, pesado, cargado de humedad. El sol del atardecer se ocultaba tras las hojas. No traía frescura. La brisa ligera no ayudaba. Los bordes del Potomac zumbaban con insectos incansables. Fin de verano. Su último arrebato antes del frío.

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Llevábamos más de una hora caminando en fila por el sendero estrecho. Kate observaba todo. Una flor oculta. Una huella de ciervo. Un insecto en una hoja. Nada se le escapaba. A veces dudaba si escuchaba mis palabras.

La aproximación: espera y deseo nervioso

Busqué un sitio acogedor para parar. Ella sonrió, pícara. Sabía que me agotaba. Se giraba para ver mi frente sudada. Esperaba mi súplica muda. Su orgullo jugaba. Podría llevarnos lejos. Pero la charla entrecortada por obstáculos la cansaba. Las espinas arañaban sus piernas. Caminar en fila nos frustraba. No podíamos tomarnos de la mano. Yo la tocaba fingiendo ayudarla. Ella se dejaba. Me daba el gusto.

Decidí parar. ‘¿No te cansas de caminar?’, dije. Sonrió victoriosa. ‘Tengo calor. Calor… ¡y calor!’, añadí. Ella entendió. Su falda corta dejaba ver las costuras de su braga con cada paso. La tentación crecía. Quería alcanzarla, pegarme a su espalda, manos en sus pechos, besos en el cuello. Mi deseo ardía pese al cansancio.

‘Podemos parar’, dijo con sonrisa mutina. ‘No hay sitio’, mentí, mirando la vegetación. ‘Sigue, encontraremos’. Aceleró. Desapareció tras un arbusto. Me molestó perder la vista de sus piernas doradas. Aparté ramas. Me arañé el brazo. ‘¡Ay!’, grité. Miré si era hiedra venenosa. No quería arruinar la noche.

Kate se paró, inclinada, quitando algo de sus calcetines blancos. Falda subida. Muslos expuestos. Olvidé el arañazo. Corrí. Si veía su braga, se la quitaría ya.

Se enderezó rápido. Frustración. ‘¡Me hice daño!’, mentí. Se giró dubitativa. Vio las marcas. ‘¡Ni sangra!’, ironizó. Grimacé. La abracé. Sus brazos en mi cuello. Labios juntos. El sarcasmo se fundió. Lenguas buscaron humedad. Se encontraron. Suspiros. Calor subió de mis ingles a la cabeza. Lenguas danzaban, se enroscaban. Placer intenso. ¿Por qué con ella era tan único?

Tiempo perdido. Ojos abiertos. Los suyos cerrados, serenos. Me miró. Se hundió en mi cuello. Beso suave. La apreté. Manos olvidadas. Permanecimos quietos. Aislados del zumbido. Luego volvió.

El instante y la huella: contacto brutal y fin de la inocencia

Beso robado. Otro juguetón. ‘¿Te quitas la braga?’, susurré. ‘¡No!’, se escondió. Previsible. No dice sí. Nunca. ‘Por favor’. ‘¡Para!’, murmuró. Ese ‘para’ lo dice todo. Contradicciones. Consentimiento mudo.

No más preguntas. Mano derecha baja por su espalda. Frotó nalgas. Piel suave. Dedos hallan elástico. Frontera cruzada. Mundo nuevo. Solo ella y yo. Dedos bajo tela. Piel como pétalos.

Otras manos bajan. Agarran cintura. Deslizan braga. Imagen de su sexo me paraliza. Mano en vientre. Dedos en vello púbico. Juegan. Se pega a mí. Dedos sobre algodón. Entre muslos. Los aparta. Palma en pubis. Calor. Froto. Boca busca lengua. Dedos hunden. Humedad. Nectar. Imagino su sabor.

Su mano baja. Encuentra mi polla tiesa. Aprieta. Beso febril. No aguanto. La paro. Ella no lista. Cabeza atrás. Dedos locos en su coño. Inundada. Clítoris firme. Masajeo. Grita. Piernas flaquean. La sostengo. ‘¡Para!’, jadea. Aminoro.

Pruebo mis dedos. Dulce. Miro alrededor. Solos. ‘¿Puedo seguir?’. ‘No aún’. ‘Empezar lo otro’. Ojos confusos. Manos en braga. La bajo. Grita. Piernas libres. La guardo. En cuclillas, falda sube. Boca cerca. Labios en sexo. Lengua entra. Sabor invade. Gime. Lengua explora. Clítoris. Huida de placer. Presiona mi cabeza. Luego aparta. Roba falda.

Frustrado. Venganza. Braga a boca. ‘¡No!’. Demasiado tarde. Olor, sabor. Escondo en bolsillo. ‘¡Te quiero!’, digo.

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