Estábamos en la habitación del hotel Overlook. Llegamos empapados por la lluvia europea. El minibar rebosaba licores finos. Me serví varios tragos rápidos. El calor subía. La cabeza me daba vueltas. Karen cantaba en la bañera. Creedence Clearwater Revival a todo volumen. Entré sin pensarlo. Sus tetas redondas asomaban entre la espuma. Brillaban. Me quedé hipnotizado. El corazón latía fuerte. Nervios en el estómago. ¿Qué coño hacía? Nunca la había visto así. Tan expuesta. Tan cerca.

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Ella me miró sorprendida. ‘¿Don? ¿Qué pasa?’. No respondí. Desabroché el pantalón. La polla saltó dura. Tensa. Dolía de ganas. Me metí en la bañera. Resbalé. Caí sobre ella. Agua por todas partes. Sus muslos se abrieron. Mi glande buscaba su raja. Ciego de deseo. Ella empujó. ‘¡Para, Don! Hazlo bien’. Salió desnuda. Mousse chorreando. La seguí al dormitorio. Gotas en el suelo. El aire cargado. Mi cuerpo ardía. Incógnita total. ¿Y si fallaba? ¿Y si no duraba?

La aproximación: nervios y deseo en la bañera

En la cama. Nos derrumbamos. Húmedos. Pegajosos. ‘¿Puedo?’, gruñí. Ella sonrió pícara. ‘No sé’. La miré furioso. Polla palpitante. Baba en los labios. ‘Ven’, dijo al fin. Me lancé. Un grito gutural. Me empalé en ella. De un golpe. Calor húmedo. Apretado. Inmenso. Embestí como loco. Feroz. El colchón crujía. Sus tetas rebotaban. Nervios a flor de piel. Cada embestida un riesgo. Sudor mezclado. Olores intensos. Jabón y sexo. Ella hablaba tranquila. ‘El jet lag sube la libido’. Groñí más fuerte. No paré. Sus palabras avivaban el fuego.

Peleé por controlarme. Pero el alcohol –o lo que fuera– me traicionaba. Era virgen en esa furia. Todo nuevo. Su coño succionaba. Muslos envolviéndome. Manos en sus pechos. Los amasé. Duros. Suaves. Gemí como animal. Visión borrosa. El clímax subió raudo. Imparable. Grité. Eyaculé dentro. Torrente violento. Espasmos. Vacío total. Dos minutos. Ni eso. Ella suspiró. ‘Como decía…’. Me desplomé. Sudado. Jadeante. La inocencia rota. Ese primer polvo en Europa. Torpe. Rápido. Pero inolvidable. El deseo me había poseído. Ya nada sería igual. El Overlook me había marcado para siempre.

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