Estaba en la despensa, rebuscando entre las cajas de naranja para la barra. El jaleo de la kermesse llegaba amortiguado. Sudaba. Ordenaba el desastre que habían dejado los críos. De repente, un rasguño a mi espalda. Me giro. Bérengère. De pie en la puerta, inmóvil. Sus ojos brillaban. Vidriosos. Pétalos de lujuria. Nada que ver con su frialdad de siempre. El animal en ella despertaba. Corazón acelerado. ¿Qué coño hacía aquí? Miedo y ganas revueltas. Ella no decía nada. Solo me miraba. El aire se espesaba. Sentía el pulso en las sienes. ¿Y si alguien entraba? Pero su mirada me clavaba. Espera eterna. Cada segundo un tormento dulce. Nervios a flor de piel. El deseo me traicionaba. Polla endureciéndose sola. Ella avanzó un paso. El olor a su perfume rancio me golpeó. Mezcla de iglesia y hembra en celo. Tragué saliva. No podía moverme. La excitación del未知 me paralizaba. Primera vez que la veía así. Desatada. Mi inocencia rural se resquebrajaba.
De golpe, saltó sobre mí. Furia pura. Manos directas a mi bragueta. La arrancó. Me empujó. Caí entre cajas con estruendo. No le importó. Mi polla en sus manos. Luego en su boca. Glotona. Vampiro chupando sangre. Me la tragó entera. Imposible no empalmarme. Su hambre era contagiosa. Me tenía pillado. Divina mamadora. Lamía toda la longitud. Profundo. La restregaba en su cara. Lunares jugosos contra mi verga. Volvía a embocarla. Se paró. Urgencia en sus ojos. Se levantó. Arremangó la falda. Medias y liguero. Sin bragas. ¡La puta! Lo había planeado. Su mata negra al aire. Se empaló sin aviso. Hasta el fondo. Coño caliente, húmedo. Acogedor. Agarrada a las cajas inestables. Vaivén profundo. Obsceno. Cara crispada. Rictus de placer. Botones sudados. Gemía bajito. Yo embestía. Maladroit pero feroz. Tensión subiendo. Sudor. Olor a sexo en la penumbra. Primera penetración real. Bruta. Descubriendo su carne. Mi mundo viraba.
La aproximación: espera tensa y deseo oculto
Puerta crujió en la cocina. Pánico. ¡Joder! Alguien rondaba. Ollas chocando. La frené. Duro. Ella mordía labios. No quería parar. Seguíamos unidos. Momias en postura guarra. Se deslizó lenta. Salió. Se arregló. Yo en el suelo. Polla aún tiesa. Me levanté sigiloso. Guardé el bicho. Ella salió. Habló con una tipa de los tentempiés. Se fue. Yo atrapado. ¿Salir? Delatarme con la bigota. ¿Quedarme? Me buscarían. Veinte minutos ya. Cabeza en la puerta. La madre Machard. Bruja. ‘¿Ah, estabas ahí?’. Fingí ordenar. ‘Busco sodas’. Poco convincente. ‘Hacías poco ruido’. Voz cortante. Me achicó. Como una maestra tirana. Se fue. Agarré cajas. Salí de puntillas. Quolibets venirían. Pero algo roto en mí. Fin de inocencia. Ese polvo fugaz abrió puertas. Nervios, placer culpable. Ahora sabía el sabor prohibido. Nunca igual.