Frente a la puerta de la señora Duchêne. Oigo la radio al fondo. Sueno. Nada. Rodeo el garaje. Una cour pequeña. Oculta. Un baño de sol blanco me deslumbra. Ahí está ella. Ojos cerrados. Mujer madura. Luz en su cuello arrugado. Solo una braguita blanca mínima. Piel rosada. Pechos abundantes. Firmes aún. Vientre redondo con pliegues. Partos pasados. Piernas perfectas. Varices leves. Me quedo mirando. Voz del viejo Casimir retumba: “Toutaugel no es un burdel”. Retrocedo. Toso fuerte. “¿Señora Duchêne?”. “Sí, ¿quién es?”. “Toutaugel, de su vecina”. “Ah, un minuto, abro”. Vuelvo a la puerta. Baja con camiseta verde. Me hace pasar al vestíbulo. Sube las escaleras. “Espere, me visto”. Miro su culo en la braguita blanca. Redondo. Firme para su edad. La camiseta corta no tapa nada. “Para, Patrick”, susurro. Pienso en la prima. Pero ya estoy duro. La combinación gris de Toutaugel es ancha. No se nota. Baja. Short blanco a medio muslo. Camiseta metida. Pechos obuses en sujetador. 1,50 m. Pelo corto. Labios rojos sutiles. Sonrisa coqueta. Me siento en el salón. Hablo del negocio. Se inclina sobre catálogos. Cuello amplio. Surco profundo. Globos en encaje. Arrugas finas al moverse. Madurez que me excita más. Duro como piedra. Oculto bajo folletos. Quiero saltar. Pero el viejo. La mujer. Los niños. Pago. Pide ir al baño. Abro la puerta. WC. Pensamientos sucios. Dispensador raro. Busto rosa. Tetas enormes en sujetador rojo. Realista. Infantil. Bordado: “A Christiane, nuestra amiga”. Me la imagino. Mano en la polla. Nervioso. Rápido. Imagino sus tetas. Su culo. Su sonrisa. Chorros blancos en la taza. Largos. Espasmos fuertes. Aprieto dientes. No gimo su nombre. Me limpio. Vuelvo. Sonríe. Pide lleno. “¿No le chocó el dispensador? Prejubilada de AUBANCE. 30 años en lencería. Regalo de colegas. Dicen que se parece. Pero ya no tengo pechos de niña”. Juro que no. Gracias. Salgo rápido. Camino a casa. Imágenes suyas. Piel rosada. Arrugas. Sonrisas. Tetas vistas. Beso sus pechos. Manoseo culo. Pierdo entre muslos. Duro otra vez. Paro el coche. Me corro de nuevo. Calmo. Entonces: “¡La cisterna! No tiré. Si llama al viejo, muerto”. Esa tarde de primavera. Fin de mi inocencia. Primera vez cruzando la línea. Deseo prohibido. Maladroite excitación. Todo cambió.