Estaba en mi habitación, tendido en la cama. Veinticinco años y aún virgen. Me pajeaba frente al ordenador. El vídeo mostraba a una tía con tetas enormes astillando una polla. Mi mano subía y bajaba. El corazón me latía fuerte. Sudaba. La puerta se abrió de golpe. K, la polaca de al lado, entró furiosa.
— ¡Te he dicho mil veces que pares con las descargas! ¡No puedo ni navegar!
La Aproximación
Me quedé congelado. Mi polla tiesa en la mano. Piernas abiertas. Ella tenía vista directa. El tiempo se paró. ¿Cubrirme? ¿Enojarse? No sabía. Ella me miró, incrédula.
— ¡Eres un cerdo! Todo el día aquí pajillero. ¡Búscate un tío y déjame internet!
Piqué. —¡No soy gay!
— ¿Ah sí? Muéstrame qué miras.
Se acercó al pantalla. Vio a la mujer chupando polla. Se calmó. Casi curiosa.
— Pensé que eras gay reprimido. No te veo con tías y estás bien.
Mi polla no bajaba. Flirteaba halagado, avergonzado. Ella miró abajo.
— Y estás bien dotado.
Sus ojos en la pantalla. —¿Esto te pone? ¿Tetas grandes?
Balbuceé un sí. Bajé la vista. Rojo como un tomate.
— Espera… ¿eres virgen?
Rió. Luego seria. —¿Nunca has follado?
—No, déjalo. Ya es humillante.
—Sigues empalmado. Te gusta que te vea, ¿eh?
Se sentó al borde de la cama. Sonreía suave.
—¿Quieres que te ayude? Si te pajeas delante mío, te hago hombre.
—Para de burlarte.
—No bromeo. ¿Has visto una tía desnuda?
—No.
—¿Te gusto? No tengo tetas enormes, pero gustan.
—Seguro.
—Pues pájate y las ves.
Dudé. Reanudé el movimiento. La miré. Ella sonreía. Ganaba.
—Bien. Abre las piernas. Quiero verlo todo. Bonita polla. Primera vez que un tío se pajea por mí. Despacio.
—Sí, me gusta… pero…
—Sé, te prometí las tetas. Primero disfruto yo. Sigue.
Aceleré. La miraba. Ella a mi mano. Levantó la vista. Sonrió. Alzó la camiseta. Sujetador simple. Mi primer sujetador. Excitante. Lo quitó. Tetas redondas. Pezones oscuros. Fascinado. Extendí la mano.
—No. Solo mira.
Me puso la mano en el vientre.
—¿Te gustan?
—Sí… mucho. ¡Son preciosas!
—Gracias. Córrete por ellas.
Pajeé fuerte. Ella se tocó las tetas. Su otra mano en mi muslo. Subió. Temblaba. Suave. Dulce voz.
—Tranquilo. Déjate llevar.
Respiré hondo. Su mano cerca de las bolas. Aceleré. Ella jugaba. Me miró a los ojos. Mano en la ingle. Rozó testículos. Temblé. Frené o explotaba.
—Disfrutas, ¿eh? Te ayudo.
El Instante
Agarró mis huevos. Rayo de placer. Me arqueé. Pajeé furioso.
—¿Te gusta que te acaricie las pelotas?
—Sí… increíble.
—¿Así, suave?
Me rascó con dedos. Suspiro largo.
—¿O así?
Apretó. Cerré piernas. Ella no soltó. Sonrió.
—Adoro tener a un hombre por las pelotas.
Masajeó. Rodando. Placer nuevo. Polla palpitaba.
—Puede dar placer o dolor. Me siento poderosa.
Alternaba. Encontró el límite. Apretó más. Dolor. Me retorcí. Escapé.
—Perdón. Solo pimentaba.
—Vale, pero ya basta.
—¿No te gustó? Te dejo con tu porno.
—No, quédate.
—¿Qué quieres?
—Correrme.
—Gírate. Muéstrame. ¿Dónde?
—¡En tus tetas!
—Sí, cochino. Ven.
Abrí piernas. Ella masajeó huevos suave. Acercó tetas. Frotó pezón en mi glande. Exploté. Chorro grueso en su teta. Resto entre ellas.
—Eres un guarro. Hacía tiempo, ¿eh?
Aún me tenía las bolas. Pajeé suave.
—Me excita verlas con tu leche. ¿A ti?
—Sí, adoro.
—Ven, lámelas.
Se inclinó. Tetas en mi cara. Esperma pegajoso. Excitado y asqueado. Ella apretó bolas.
—Lame.
Abrí boca. Lamí pezón.
—Sigue.
Me guió. Lamí mi semen. No tan malo. Me ponía.
—¿Te gustan mis tetas? ¿Buenas?
—Sí, calientes.
—¿Y tu leche?
No respondí. Ella sonrió. Satisfecha. Me soltó.
—Me voy. Ducha con tus porquerías. La próxima, ven a mí.
Guiño. Se fue. Caí exhausto. Placer inmenso. Inesperado. Pero aún virgen. Solo tetas con semen. ¿Alegría o vergüenza? Mi inocencia rota. Un poco.