La cueva bajo la Roca de la Wivre, diciembre de 1893. La noche caía helada. Me quedé paralizado ante la entrada abierta. El corazón me latía fuerte. ¿Qué hacía allí? La leyenda me había atraído como un imán. Temor y curiosidad se mezclaban en mi estómago. Avancé despacio. Joyas brillaban bajo la luna. Oro, plata, gemas por todas partes. El aire era cálido, casi acogedor. Me quité el abrigo húmedo. Sudaba pese al frío exterior.

Exploré más profundo. Un estanque de agua pura, mosaico de zafiros y diamantes en el fondo. Menta fresca flotaba. Me arrodillé para ver mejor. Un rumor lejano. La salida se cerraba. Pánico. Corrí, resbalé en perlas, tropecé con vajillas antiguas. Demasiado tarde. La roca se selló. Oscuridad. Me acurruqué, temblando. Esperé. Silencio. Luego, un siseo. Algo se acercaba. Retuve el aliento. No respiraba. Olor a tierra húmeda, a musgo.

La Aproximación

Una voz suave, burlona: «Tan grande y tentado por riquezas». Abrí los ojos. Luz cálida inundaba la cueva. Ante mí, su cuerpo serpentino, escamas verdes relucientes sobre oro. Gigante. Terror. Pero subí la vista. Cabello otoñal, alas negras iridiscentes, piel blanca como lechuza. Senos firmes, rosados. Rostro noble, rubí en la frente. Sublime. Hermosa más allá de lo humano. Me miró. Petrificado. Desnuda, radiante.

«Levántate, Léopold». Obedecí sin mirar. Nervios me traicionaban. Manos torpes alisando ropa. Ella se acercó. Aliento en mi oreja. Frío y caliente a la vez. «¿De quién eres riqueza?». Balbuceé. Reía suave. Sus anillos rozaban monedas. Tintineo hipnótico. Me tomó la mano. Suave, cálida. Me guió al estanque. Hipnotizado por sus caderas ondulantes. Escamas finas besando piel pálida. Quería tocar. Miedo. Deseo ardiente.

El Instante

Bebió del agua. Gotas en su cuello. Envidé el mechón que caía. Ella notó mi tirón al cuello. «¿Por qué tanta tela? ¿Te ofrezco?». Imágenes obscenas en mi mente. Nuca seca. «¿Puedo?». Asentí. «Sí». Voz ronca, mía no. Sus dedos finos en mi chaqueta. La deslizó. Piel erizada. Suspiré. Reía, feliz. Lentamente me desvistió. Camisa, pantalón. Torpe, excitado. Desnudo. Me miró como tesoro. Orgullo. Yo la devoraba. Perfecta. Irrepetible.

Quitó el rubí. Escarbunclo. Lo tomé. Caliente, vivo. Su nombre en mi mente. Lo devolví. La besé. Fervor. Labios suaves. Lengua de castaña. Alas nos envolvieron. Anillos en mis piernas. Caricia masiva. Manos en sus senos. Duros, puntiagudos. Gimió. Mordí su cuello. Bassin contra bassin. Fuego. Rió. Exploró mi espalda, nalgas. Dedos en mi verga. Temblé. «Paciencia». Imploré. «Tómame». Me abrió. Entré fuerte. Cabalgata salvaje. Placer imposible.

Rodamos en musgo. Besos, arañazos. Gritos. Su nombre en eco. Explosión. Caímos al agua. Agotados. Feliz. Inmenso. Ella me envolvió. Baño tibio. Fuerzas volvieron. Hambre nueva. Pero sabía. Mi inocencia muerta. Pertenecía a ella. Un año después, en la iglesia, vi a Mathilde. Feliz, cambiado. Regresé a mi lugar. La Wivre me esperó. Aquella primera vez lo cambió todo. Nervios rotos en éxtasis eterno.

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