La fuente murmuraba en la penumbra de la selva. El lecho de helechos crujía bajo nosotros. Zulla se pegó a mí esa noche. Su piel negra, suave y caliente, contra mi pecho sudoroso. Yo era Marmouz, rey de los grandes simios. Pero esa noche, Jean Quémeneur temblaba. Nervios. El estómago revuelto por la diarrea de la jungla, pero peor era esta hambre nueva. Ella, casi tan alta como yo, ojos negros fijos en los míos grises. ‘Quédate conmigo’, susurró. Su aliento olía a humo y hierbas. Mi polla se endureció bajo el taparrabos raído. Miedo. ¿Y si Marie-Madeleine lo sabía? ¿Y si esto me convertía en bestia para siempre? Pero el deseo ardía. Manos largas y oscuras rozaron mi muslo. Dudé. El corazón martilleaba. Ella se acercó más. Pechos firmes presionando. Pezones duros como guijarros. Respiré hondo. La selva rugía alrededor. Leones lejanos. Elefantes. Yo, desnudo en alma. ‘Bloavez mad’, gruñí bajito, como un simio. Pero era humano. Excitado. Inseguro. Sus labios buscaron los míos. Torpes al principio. Dientes chocando. Lengua invasora, dulce y salvaje. Manos en mi pelo sucio. Bajé la guardia. La besé con furia. Manos en sus caderas anchas. Piel oliendo a tierra y sudor. Temblaba. Primera vez así. Con una mujer de la tribu. No como en Brest. Crudo. Animal. Ella gimió. Se arqueó. Mi polla palpitaba, enorme, asustando incluso a las hembras simias. ¿La asustaría a ella? Deslicé la mano entre sus muslos. Calor húmedo. Vello rizado. Dedos explorando. Ella jadeó. ‘Marmouz…’. Nervios me traicionaban. Sudor frío. Pero el deseo ganaba. La volteé. Sobre los helechos. Luna filtrándose. Su cuerpo somptuoso brillando.
Sus piernas se abrieron. Invitación muda. Mi polla, hinchada, rozó su entrada. Húmeda. Caliente. Empujé despacio. Torpe. La cabeza entró. Ella gritó bajito. Dolor y placer. Yo gemí. Estrecha. Ardiente. Como un guante vivo. Empujé más. Centímetros devorados. Nervios en llamas. Sudor goteando. Ella clavó uñas en mi espalda. ‘¡Sí, mi rey!’. Golpeé fondo. Placer brutal. Inmenso. Me moví. Despacio al principio. Maladroite. Saliendo casi todo, volviendo a hundirme. Ella se movía conmigo. Caderas ondulando. Gemidos salvajes. Aceleré. Carne chocando. Sudor mezclándose. Sus tetas rebotando. Agarré una. Mordí el pezón. Ella aulló. ‘¡Más fuerte!’. Polla hinchada al máximo. Sensación de primera vez. Descubriendo el fuego interior. Ella apretó. Espasmos. Yo rugí. Bombeé salvaje. Piernas enredadas. Helechos aplastados. Olía a sexo primitivo. Semilla hirviendo. Ella corrió primero. Cuerpo convulsionando. Gritos ahogados. Yo exploté. Chorros calientes dentro. Colapsé sobre ella. Alientos jadeantes. Corazón desbocado.
La aproximación: miedo y deseo en la oscuridad
El alba roja teñía la selva. Yacíamos pegados. Semilla goteando de ella. Mi inocencia rota. Ya no era solo el bretón casado. Era el señor de la jungla. Marcado. Zulla sonrió. ‘Quédate’. Pero supe. Esto cambiaba todo. Marie-Madeleine esperaría en vano. La culpa pinchaba. Pero el placer perduraba. Huella eterna. Cada fibra gritaba libertad. Bestia despertada. Nunca volvería igual. La selva me había reclamado. Con Zulla. Para siempre.