Allí estaba yo, tendida en la arena de la playa desierta. La luna iluminaba todo. El mar susurraba. Tenía el blues. Mi marido me había confesado todo. Infidelidades durante años. Me sentía idiota. Caminé media hora hasta este rincón apartado. Me tumbé. Miré las estrellas. Intentaba meditar. Olvidar.

De repente, voces. Dos figuras corrían hacia mí. No me vieron. Se detuvieron cerca. Jóvenes. Enamorados. Impacientes.

La aproximación: espera, miedo y deseo

—Joder, creí que no escapábamos de la cena —dijo él.

—Mis padres alargan estos comidas familiares —respondió ella, riendo.

—La próxima, diles que mi culotte está empapada. Necesito a su hijo para calmarme.

Él rio. La besó. Manoseó su entrepierna bajo la falda. Ella gimió bajito. Yo me congelé. ¿Huir? ¿Quedarme? ¿Espiar? El corazón me latía fuerte. Nunca había hecho esto. Mi cuerpo reaccionaba. Sentí humedad entre mis piernas. El deseo me traicionaba.

Se abrazaron. Besos voraces. Él subió su falda. Dedos dentro. Ella jadeaba. Le quitó la camiseta. Tocó su polla por el short. Se paró.

—¿Seguro que nadie nos ve?

El instante: contacto físico brutal y descubrimiento

—Aquí no hay nada. Ni casas. Ni campings cerca.

La besó más. Bajó las tiras de su vestido. Pechos al aire. Sin sujetador. Modernos. Se desnudaron rápido. Corrieron al mar. Desaparecieron en las olas.

Sus ropas tiradas. Culotte arriba. Empapada, seguro. Mi pulso acelerado. Una idea loca: ¿robarles algo? Castigo por no saber que yo estaba aquí. Mostrarles que los vi. Solo la culotte. O el calzoncillo. No esencial. Me acerqué sigilosa. Arena fría bajo pies. Nervios a flor de piel. Agarré la culotte. Húmeda. Tibia. Olía a sexo. Busqué el calzoncillo. Ruido. ¿Del mar? ¿Alguien? Pánico. Solté todo. Corrí. Cincuenta metros. Me giré. Nadie. Solo olas.

Como una niña pillada robando caramelos. Adrenalina pura. Me reí sola. Bien hecho. ¿Qué haría con una culotte chorreante? Volví al camping. Cambiada. Mejor humor.

Esa fue mi primera vez. Voyeur. Ladrona frustrada. El miedo mezclado con excitación. Verlos tocarse. Oler su deseo. Mi coño mojado sin tocarme. Inocencia rota. Nuevos horizontes. El placer del prohibido. Nerviosa. Excitada. Viva.

Después, busqué a mi amante. Nadie. Volví sola. Oscuridad. Vino en mano. Pensé en sex-toys. Masturbación. Pommeau de douche. A los cuarenta, ¿empezar? Pero esa noche en la playa ya había empezado algo. Mi cuerpo recordaba. Tensión acumulada. Dormí con el pulso aún acelerado. La trace: no más inocente. Sedienta de más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *