El apartamento de Johanna. Martes 20, 19 horas. Sentado en ese sofá viejo, con el pantalón bajado hasta los tobillos. Johanna de rodillas, sus labios calientes alrededor de mi polla. Hacía rato que había pasado la actuación para Flora. Ella se había ido furiosa, pero Johanna no paraba. Lamía, chupaba con hambre. Yo gemía bajito, nervioso. ‘Para ya, Flora se fue’, le dije. Pero ella aceleró, succionando fuerte. Mi verga palpitaba, traicionándome. El corazón me latía en la garganta. ¿Y si Juliette se enteraba? ¿Y si Alberto contaba? Sudaba. Mezcla de culpa y placer puro. Primero vez que una colega me la mamaba así de verdad. No era Juliette ni Eloïse. Era nuevo, prohibido.
Toc, toc. Golpes en la puerta. Johanna se levantó, saliva brillando en su barbilla. ‘Sigue así, no la guardes’, ordenó. Yo, atontado, dejé mi polla tiesa al aire. Ella abrió en bragas. Grito. Alberto entró como un toro, ojos desorbitados al verme expuesto. ‘¡Joder, qué coño hacéis!’, gritó. Intenté explicarme. ‘Es por Flora, solo teatro’. Pero él sabía todo. Juliette y Eloïse lo habían mandado vigilarme. Johanna balbuceaba. Yo, rojo de vergüenza, polla aún dura. Alberto nos miró, sonrió perverso. ‘Depende de vosotros si cuento’. Bajó su pantalón. Su verga semierecta saltó. ‘Siempre te he deseado, Roméo’. Mi estómago dio un vuelco. Primera vez viendo una polla de hombre de cerca. Gruesa, venosa. Nervios me clavaron al sofá. ¿Huir? ¿Gritar? Pero mi cuerpo ardía. Deseo desconocido bullía. Johanna suspiró aliviada. Yo tragué saliva.
La aproximación: espera temblorosa y deseo prohibido
Alberto se acercó. Olor a hombre, sudor mezclado con colonia. ‘Tócame’, murmuró. Manos temblorosas. Dudé. Mi palma rozó su piel caliente. Dura como hierro. Él gimió. Corriente eléctrica. Primera vez tocando otra polla. Maladroite, torpe. Apreté, moví la mano arriba-abajo. Él jadeaba. Johanna observaba, excitada, tocándose. ‘Buen chico’, dijo Alberto. Me arrodillé sin pensarlo. Boca seca, corazón desbocado. Lamí el glande salado. Sabor nuevo, amargo. Él empujó, entró en mi boca. Tosí, pero seguí. Chupé como Johanna me había chupado. Nervios me hacían ir despacio, torpe. Él agarró mi pelo, folló mi boca suave. Gemí alrededor. Mi polla goteaba sola. Excitación brutal del tabú. Primera vez tragándome un hombre. Él gruñó, corrió caliente en mi garganta. tragué, tosiendo. Él cayó al sofá, riendo.
Después, silencio pesado. Johanna me besó, lamió restos de semen de mis labios. Alberto se vistió, guiñó. ‘No diré nada’. Salió. Yo solo, polla flácida, boca pastosa. Inocencia rota. Ya no era el mismo. Ese primer toque, ese sabor, abrió puertas que no cerraría. Nervios se fueron, quedó adicción. Llamé a Juliette temblando. Mentí. Pero dentro, ardía nuevo fuego. Flora, Johanna, Alberto… todo cambió esa noche. Fin de la pureza. Solo deseo crudo quedó.