En la alcoba del castillo del barón Hercule de Basse-Fosse, el corazón me latía como un tambor. Hacía mucho que no sentía esa mezcla de miedo y excitación. Esa noche de fiesta de disfraces, yo de cura con sotana, el barón calvo y panzudo, como Bernard Blier, con su esposa rubia de veinte años. Sus pechos, desbordando del escote del siglo XVIII, me habían puesto la polla dura desde el banquete. Sentada frente a mí, me devoraba con la mirada mientras yo le diagnosticaba al barón su hígado jodido y su corazón débil. ‘Absténgase del deber conyugal en noches de excesos’, le dije. Él, riendo, me ofreció su vino del obispo demonio.
Al final, sin tren, me invitaron a quedarme. Camas separadas. Mi coco: oportunidad única. Esperé en mi cuarto, oreja pegada a la puerta. Ronquidos del barón. Sudaba. ¿Y si me pilla? ¿Y si ella grita? Pero el deseo ardía. Nervios en el estómago, polla tiesa palpitando. Me colé en su habitación. Oscuridad suave, perfume almizclado. ‘¡Oh!’, susurró. Me reconoció. ‘Madame, esta noche cornudeo al barón’, dije con voz temblorosa. Fingió escándalo: ‘¡Señor!’. ‘Si no cede, lo desafío a duelo. Su corazón no aguanta’. Sonrió pícara: ‘Entonces, cumplo mi deber’.
La aproximación: espera y tensión
Se quitó la bata. Piernas abiertas. Triángulo dorado reluciente, húmedo. Rage: solo el viejo baboso había gozado eso. Me arranqué la sotana. Mi polla saltó, venosa, lista. ‘¡Oh, famoso hisopo!’, exclamó ella, ojos brillantes. Nervios me traicionaban: manos torpes al amasar sus tetas enormes, pezones duros como piedras. Gimió fuerte, arqueándose. Primera vez tocando carne tan perfecta. Olía a jazmín y excitación. Besé su cuello, lamí sudor salado. Bajé, lengua en su coño rubio, sabor dulce y prohibido. Temblaba yo, inexperto en tal botín.
El instante: placer brutal y descubrimiento
La penetré despacio. Estrecha, caliente, envolviéndome. ‘¡Sí, vierta su santo crisma, padre!’, jadeó. Empujones nerviosos al principio, maladrosos. Sudor goteando. Sus uñas en mi espalda. Ritmo acelerado, piel contra piel chapoteando. Sus pechos rebotando, hipnotizantes. Gritos ahogados: ‘¡Dios mío!’. Primera vez que la hacía gozar, lo noté en espasmos violentos, coño contrayéndose. Yo, Ulysse en viaje épico, Jasón en toison dorada. Mi verga mágica la llevó al éxtasis inédito. Ella, piadosa hasta en la cama, invocaba al cielo. Corrí dentro, chorros calientes, piernas flojas.
Regresé a mi cuarto sigiloso. Seguridad ante todo. Al día siguiente, el barón: ‘Mi salvador’. Ella, mirada cómplice: ‘Su bolsa estaba vacía’, dijo, aludiendo a mi corrida. ‘Acabo de usarla’, bromeé. Me llevaron a la estación. Cornudé a un barón, hice gozar a una baronesa por primera vez. Mi inocencia rota: placer del tabú, del robo. Tres meses después, repetí. Tres años más, él murió en el intento. Ella, viuda, casó con un marqués joven. Felicidad plena. Yo, marcado para siempre por esa noche de nervios y fuego.