Recuerdo esa terraza en una noche de verano calurosa. Todos desnudos, relajados después de tanto placer. Mi marido y sus amigos charlaban. Yo, exhausta pero viva. El negro se sentó a mi lado en el transat. Su piel oscura se fundía con la noche. ‘¿Me ves o soy del color de la noche?’, bromeó. Posé la mano en su muslo. Suave. Caliente. Él hizo lo mismo en el mío. Dedos subiendo despacio por mi interior. Nervios. ¿Qué vendría ahora? Mi corazón latía fuerte. Temía su tamaño. Ya lo había sentido en mi coño esa tarde. Enorme. Pero el culo… era virgen para eso. Mi mano rozó su polla floja. Se endureció rápido. Excitación mezclada con pánico. Me levanté para ir al baño. Refrescante ducha. Volví con un pareo anudado. Serví tragos. Su presencia detrás de mí. Mano en mi cadera. Polla dura contra mis nalgas. Ondulé las caderas. Jugué. Mi marido rió: ‘¡No la violes! ¡Te matará con ese tronco!’ Yo respondí coqueta. Sus manos grandes tomaron mis tetas. Me inclinó hacia adelante. Labios en los de mi marido. Dos dedos en mi coño húmedo. Luego, en mi raja. Tocando mi ano. Temblé. ‘¡Quiere mi culo!’, gemí. Miedo real. Dolor imaginado. Pero deseo ardiendo. Él frotó su verga en mi pubis. ‘¡Es enorme, amor! ¡Va a entrar!’, susurré. Mi marido me miró: ‘Relájate, disfrutarás’. Lentas embestidas en mi coño primero. Llenándome. Cada empujón un escalofrío. Ojos en los de mi amor. Placer subiendo. Pero él salió. Vacío. Dedos en mi ano. Uno. Dos. Humedeciendo. Preparando. ‘¡No, amor! ¡Me romperá!’, supliqué. Nervios al límite. Sudor frío. Pero mi cuerpo se abría. Quería. Temía. Deseaba.

El instante. Su glande en mi ano. Presión. Dolor agudo. ‘¡Para! ¡Ayyy!’, grité. Pero suave. Insistió. Se abrió paso. Milímetro a milímetro. Sensación brutal. Llenura imposible. ‘¡Está dentro! ¡Su glande en mi culo!’, jadeé. Malestar virando a placer. ‘¡Despacio!’, pedí. Él obedeció. Profundo. Al fondo. Mi ano virgen dilatado al máximo. Nervioso vaivén. Cada roce eléctrico. Mis tetas balanceándose. Manos de mi marido en mi cara. ‘¡Mírame, vas a correrte así!’. Aceleró. Frotando dentro. Masajeando mis paredes. Placer prohibido explotando. ‘¡Sí! ¡Fóllame el culo! ¡Me encanta!’, chillé. Orgasmo inminente. Él gruñó. Plantado hondo. Eyaculó. Chorros calientes inundando mis entrañas. Mi clímax estalló. Grité. Ojos fijos en mi marido. Todo el cuerpo convulsionando. Piernas temblando. Primera vez anal. Descubrimiento crudo. Dolor inicial roto por éxtasis puro. Empalada por esa polla negra monstruosa. Nada igual.

La Tensión en la Terraza: Miedo y Deseo

Después, el vacío dulce. Me derrumbé en el transat. Plaid sobre mí. Cansancio total. Comblée. Mi inocencia anal hecha trizas. Horizontes abiertos. Ya no era la misma. Mi marido y amigos hablaban bajo. Noche tibia. Feliz. Repleta. Una hora más tarde, solos. Baño caliente. Besos tiernos. Dormimos enlazados. Aquella noche en la terraza marcó. Nervios iniciales ahora nostalgia excitante. Esa primera vez me liberó. Miedo vencido. Placer anal adictivo. Cambio irreversible.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *