Era una tarde de otoño cualquiera en mi vida de estudiante. En un anfiteatro mal calefaccionado, garabateaba en mi hoja en vez de tomar notas. Quería ser la alumna brillante, pero mi mente vagaba lejos. Un drama familiar semanas atrás había sacudido mi camino trazado: estudios, primer empleo, futuro marido, casa en barrio tranquilo, hijos, monovolumen. Me distraía, preguntándome qué hacía allí.
Mi profesora, un hombre de unos sesenta, carraspeó y dejó el micrófono torpemente. Un silbido agudo me trajo de vuelta. ¿Mi realidad? Me llamo Louise, 23 años. Primer año de máster para ser profesora de primaria. ‘Maestra’, como se decía antes. Chica normal: ni alta ni baja, ni flaca ni gorda. Mis ojos verdes chispeantes y constelación de pecas. De niña, las unía con rotuladores.
La Aproximación: Espera, miedo y deseo entrelazados
El invitado del día tomó el micrófono. Su presencia capturó mi atención. El silbido persistía; lo dejó y habló sin él. Voz calmada, potente. Unos cuarenta, pedopsiquiatra. Clásico académico: chaqueta de traje, pelo revuelto, gafitas. Mirada viva, penetrante. Hablaba de desarrollo psíquico infantil, nos miraba uno a uno. Llegó mi turno. Sus ojos en los míos, dos segundos, quizás menos. Fingí calma; dentro, pánico total mezclado con ganas de saltarle al cuello. Pasé el resto observándolo, descifrando lo que su voz callaba. Un hilo suelto en la chaqueta, su bolso gastado. Me levanté a regañadientes al acabar.
Pensativa, iba al bus del centro. ¿Una mano en mi hombro? Me giré: el pedopsiquiatra. Quité auriculares.
—¿Señorita? ¿Estuvo en la clase de gestión de aula, verdad?
Asentí sonriendo, señalé dos plazas libres. Nos sentamos. Preguntó mis impresiones. Hombros y muslos rozándose. Mis neuronas luchaban por respuestas coherentes; mis nervios sentían su calor a través de la ropa. El trayecto voló, para mi pena. Me invitó a un té en su bistrot favorito. Sin claridad mental, acepté y lo seguí por la peatonal.
Frente a tés humeantes, lo devoraba con los ojos, fingiendo ingenio. Él callaba. Tomó mi mano. Acarició la palma, subió al antebrazo. Silencio, pero el aire cambió. Un coraje loco me invadió: le propuse ir a mi piso, a unas calles.
En el camino, me besó. Labios apoderándose, lengua probando la mía. Llovía, nos daba igual. Manos en mi espalda, nuca. Mi mano en su muslo. Hora de entrar al edificio antes de escandalizar.
Mi piso desordenado, no recordaba mi ropa interior. No importaba. Cerramos la puerta, besos fieros. Quitó chaqueta, yo mi abrigo. Desabotoné su camisa besando su cuello, mordí oreja suave.
Camisa en suelo, me plaqueó contra la puerta. Besos en cuello, mordiscos, lengua en pecas. Impaciente, casi arrancó botones de mi camisa. Cayó; vio mi sujetador negro de encaje contra piel clara. Pechos hinchados, pezones pujando. Me admiró; ruboricé. Tocó senos, caricias suaves luego fuertes. Gemí: zona erógena. Sacó pecho derecho, jugó pezón, lo estiró, endureció. Boca lo lamió, mordisqueó. Temblaba, piernas flojas.
El Instante: Descubrimiento físico brutal y primer contacto
Quitó sujetador, tomó mis manos al sofá. Me tumbé. Él encima, torsos desnudos rozando, locura. Desabroché cinturón, forcejé pantalón; él lo quitó. Mi turno: pantalón al suelo.
En bóxer negro, irresistible. Piel mate suave, cuerpo firme. Bulto prometedor; me froté, húmeda imaginándolo dentro. Quitó bóxer: verga hinchada. Perfecta entonces. Mano tímida, luego audaz. Gimió, bassinó. Besé torso, lamí/mordí pezones. Mano en pelo me guio abajo.
Boca en verga: suave, glande como ciruela. Precum lamió. Chupé variando, lengua en glande/verga. Manos en huevos/nalgas. Groñidos aprobaban. Casi eyacula; me empujó, abrió piernas.
Mano confirmó humedad, rozó clítoris. Verga cerca, taquineó labios, cyprine. Entró centímetros, salió. Desesperada. Juego: entro/salgo poco. Bassiné; él dominó.
Penetró profundo. Placer puro. Follar fuerte, rápido. Pellizqué pezones. Sentía cada milímetro. Mordió cuello, más hondo. Vulva viva. Manos en nalgas. Orgasmo subía. Aceleró, fijó mano cabeza, frotó clítoris. Demasiado; quise parar, retuvo. Grité desconocido.
Retuvo manos, quieto dentro. Sensible post-orgasmo. Salió suave. Lo plaqué, boca a glande: cyprine mía, nada sucio. Chupé; palpitó. Eyaculó en pechos: caliente. Unté, tetillas duras.
Abrazados, pulsos calmando.
—¿Una ducha ahora?