El tenedor se deslizó entre mis dedos y cayó al suelo con un tintineo discreto. Me agaché sin pensarlo dos veces, empujando la silla hacia atrás. Mi cabeza quedó a la altura de las rodillas de Laura, que estaba sentada justo frente a mí. A sus treinta y un años, ella mantenía esa postura erguida que siempre la hacía parecer dueña de cada situación. Mis ojos, casi sin querer, se desviaron hacia el borde de su falda negra que rozaba sus muslos.
Estábamos en la terraza de un pequeño restaurante italiano en el centro de la ciudad, uno de esos lugares con mesas de madera oscura y toldos que filtraban la luz de la tarde. Mi esposa, Elena, de veintinueve años, hablaba animadamente sobre los problemas en su oficina. Laura, su antigua compañera de la universidad ahora convertida en jefa de marketing, la escuchaba con atención. Yo, a treinta y cuatro años, fingía interés mientras mi mente se perdía en la proximidad de aquellas piernas cruzadas con elegancia.
Recuperé el tenedor y me incorporé, pero el breve instante bajo la mesa había bastado para que mi pulso se acelerara. Laura no dijo nada. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa que solo yo noté. El camarero trajo los platos de pasta humeante y el aroma a albahaca y tomate llenó el aire. Elena continuó su relato sobre el nuevo supervisor que había llegado al departamento, un tipo arrogante que cambiaba las reglas cada semana.
La conversación fluía con naturalidad, pero yo apenas podía concentrarme. Cada vez que Laura movía las piernas, el tejido de su falda se deslizaba un centímetro más. Bebí un sorbo de vino tinto para disimular. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la terraza, tiñendo todo de un tono dorado. De pronto, el codo de Laura golpeó el respaldo de su silla y su cuchillo se precipitó al suelo, deslizándose justo debajo de su asiento.
—Deja, yo lo recojo —dije, y me arrodillé de nuevo.
Esta vez estaba más cerca. Mis hombros rozaron el mantel que colgaba como una cortina. Laura separó ligeramente los pies, permitiendo que mi mano avanzara entre sus tobillos. Al hacerlo, sus rodillas se abrieron con lentitud deliberada. La luz que se filtraba reveló el interior de sus muslos y, más arriba, el contorno de una braguita negra de encaje que se ajustaba perfectamente a su monte de Venus. No había vello visible bajo el borde. Mi respiración se cortó. Sentí cómo mi miembro respondía dentro del pantalón, endureciéndose contra la tela.
Desde mi posición, podía imaginar el calor que emanaba de ella. Si hubiéramos estado solos, habría acercado mi boca y recorrido con la lengua esa tela fina hasta sentir su humedad traspasándola. Pero Elena seguía hablando, ajena a todo, comentando algo sobre un informe que debía entregar antes del viernes. Recogí el cuchillo y, antes de incorporarme, deposité un beso fugaz en la cara interna de su rodilla derecha. Laura se estremeció. Su piel era suave, cálida.
El camarero apareció de inmediato con un cuchillo limpio. Se lo entregó a Laura y se retiró. Me senté de nuevo, ajustando discretamente mi pantalón. Elena no había notado nada. Llevábamos meses en una rutina donde ni siquiera comentaba mi nuevo corte de cabello. Laura, en cambio, mantenía la vista fija en su plato, pero sus mejillas habían adquirido un tono rosado.
El deseo crecía despacio, como una marea que sube sin prisa. Cada minuto que pasaba, mi mente regresaba a esa imagen: la curva de sus labios íntimos marcados bajo el encaje. Laura cruzó y descruzó las piernas dos veces. Sabía que lo hacía a propósito. El juego silencioso me excitaba más que cualquier palabra.
Cuando terminamos los platos principales, Elena se ofreció a pagar la cuenta en el interior del local, al otro lado de la calle. Se levantó y cruzó la avenida con paso decidido. Laura y yo nos quedamos solos en la terraza. El ambiente se cargó de inmediato. Ella me miró directamente a los ojos por primera vez en varios minutos.
Sin decir nada, deslizó su mano derecha bajo el mantel. Sus rodillas se separaron ampliamente. La falda subió por sus muslos, revelando más piel. Observé cómo sus dedos desaparecían entre sus piernas. El movimiento era lento, deliberado. Vi cómo su brazo se tensaba y luego se relajaba. Estaba tocándose allí mismo, a menos de un metro de mí. Mi erección era completa ahora, dolorosa contra la cremallera.
Laura sacó la mano. Sus dedos brillaban, cubiertos de una humedad transparente que capturaba la luz de la tarde. Me tendió el índice y el medio, todavía separados. El aroma dulce y almizclado llegó hasta mí antes de que pudiera reaccionar.
—Prueba —susurró apenas, con voz ronca.
Miré a mi alrededor. Las mesas cercanas estaban vacías. Elena aún hacía cola dentro del restaurante. Me incliné hacia adelante, tomé su muñeca con suavidad y acerqué aquellos dedos a mi boca. Primero los olí, inhalando profundamente ese perfume íntimo que me nubló la razón. Luego abrí los labios y los introduje despacio, saboreando la salinidad ligeramente dulce de su excitación. Mi lengua recorrió cada falange, limpiando cada gota de su esencia. Laura entreabrió la boca, respirando más rápido. Sus pupilas se dilataron.
—Está delicioso —murmuré cuando solté sus dedos—. Me gustaría beber directamente de ti.
Ella sonrió con picardía, apretando los muslos de nuevo.
—Siento que voy a mojar toda la silla si sigues mirándome así.
Escuchamos los pasos de Elena regresando. Laura se arregló la falda con un movimiento fluido. Yo me puse de pie, intentando ocultar la evidente protuberancia en mi pantalón. Caminamos los tres hacia el coche aparcado en la esquina. Abrí la puerta para Elena, que seguía hablando de su jefe sin percatarse de nada. Luego rodeé el vehículo y abrí la puerta trasera para Laura.
En ese instante, ella se acercó más de lo necesario. Su mano se posó con firmeza sobre mi entrepierna, presionando justo donde mi erección palpitaba. El contacto fue breve pero intenso. Sus dedos apretaron ligeramente, evaluando mi dureza, antes de subir al asiento. Cerré la puerta y me quedé un segundo allí, con el corazón latiendo con fuerza.
Durante el trayecto de regreso, el silencio en el coche era denso. Elena conducía, comentando el tráfico. Laura iba detrás, con las piernas cruzadas. Cada vez que nos deteníamos en un semáforo, sentía su mirada en mi nuca. Mi mente no dejaba de reproducir el sabor que aún permanecía en mi lengua, la imagen de sus dedos brillantes, la promesa de lo que podría ocurrir si alguna vez nos encontrábamos solos.
Al llegar a casa de Laura, ella se despidió con dos besos en las mejillas. Cuando se inclinó hacia mí, sus labios rozaron mi oreja por un instante.
—La próxima vez no habrá nadie más —dijo en voz tan baja que solo yo pude oírla.
Cerró la puerta y caminó hacia su edificio sin mirar atrás. Elena arrancó de nuevo, ajena a todo. Yo me quedé con la sensación de su mano sobre mí, con el recuerdo de su humedad en mi boca y con un deseo que ya no podía ignorar. La tarde había cambiado todo sin que nadie más lo supiera.